«¡Cuán amables son tus moradas! Mi alma anhela llegar a los atrios del Señor» (Sal 83, 2 vulg.), es decir, en la magnificencia de la Jerusalén celestial, que es la ciudad de Dios. ¿Por qué, oh Señor, el profeta suspira por llegar a tus atrios? Porque tú eres el Dios de los ejércitos celestes, mi rey y mi Dios. Y entonces «Dichoso el que habita en tu casa» (Sal 83, 5), ¡la Jerusalén celestial! Como si dijera: ¿Quién no desearía venir a tus atrios, dado que tú eres Dios, es decir, creador y señor de los ejércitos y rey del universo? Por esto, verdaderamente dichosos son todos los que habitan en tu casa.
Atrios y casa son aquí lo mismo. Cuando el salmista dice «dichosos», quiere hacer entender que gozan de tanta felicidad como se puede imaginar. Y es claro que por esto son dichosos, porque te alabarán con devoción y amor por todos los siglos de los siglos (cf. Sal 83, 5), es decir, en la eternidad; en efecto, no alabarían en la eternidad si no fueran felices en la eternidad.
Nadie, ciertamente, podría llegar a esta meta con sus propias fuerzas, aunque tenga esperanza, fe y caridad; pero «Dichoso el que encuentra en ti su fuerza» (Sal 83, 6) para el ascenso a la bienaventuranza deseada por su corazón. En otras palabras, llegará a la felicidad solo aquel que decide en su corazón llegar a la gran meta mediante las buenas obras. Recibirá el auxilio de tu gracia, sin la cual nadie puede presumir de llegar a la cumbre de la suma alegría.
Lo dice el mismo Señor: «Nadie ha subido al cielo», es decir, con sus propias fuerzas, «salvo el Hijo del hombre que ha descendido del cielo» (Jn 3, 13). Dios ha dispuesto los peldaños precisamente porque nos encontramos al fondo del valle, «en el valle de las lágrimas» (Sal 83, 6. 7 vulg.), es decir, en esta vida que es miserable y llena de lágrimas por las tribulaciones, en comparación con la otra vida que es una montaña llena de alegría.
Puesto que luego el salmista había dicho: «Dichoso el hombre que encuentra en ti su fuerza», alguien podría preguntar: ¿Pero Dios ayuda para el ascenso a la felicidad? Responde que los bienaventurados son ayudados ciertamente por Dios: en efecto, el legislador, es decir, Cristo que nos dio la ley, da y dará continuamente su bendición, es decir, muchos y variados dones de gracia. Bendecirá a los suyos, es decir, los elevará a la felicidad. Por medio de esta misma bendición «crece en el camino su vigor» (Sal 83, 8), porque en el futuro puedan ver en la Sión celestial a Cristo, Dios de los dioses, cuando aparezca. Siendo él Dios, deificará también a los suyos. Se puede entender también de otra manera: a los que forman la Sión aparecerá, en espíritu, Dios de los dioses, es decir, Dios uno y trino, vale decir: con la inteligencia verán a Dios en sí, que aquí no pueden ver porque Dios será todo en todos (cf. 1 Cor 15, 28).
San Bruno, monje