El hermano no puede redimir al hermano, pero hay un hombre que llevará a cabo la redención. Él, sin embargo, no tendrá necesidad de propiciarse a Dios, ni tendrá que pagarle un rescate por su propia alma (cf. Sal 48, 8-9 Vulg.). Lo cual es decir: «¿Por qué temer en los días tristes?» (Sal 48, 6). En efecto, ¿qué daño puede causarme a mí, que no solo no necesito un redentor, sino que yo mismo soy el redentor de todos? Liberaré a los otros y tendré que temblar por mí mismo? He aquí, haré nuevas todas las cosas, produciré un renovación que ningún amor humano sabría desear o realizar. Aquel al que el hermano, nacido del mismo vientre materno, no puede redimir porque está impedido por la debilidad de la misma naturaleza, lo redimirá un hombre, aquel hombre del cual está escrito: «El Señor les enviará un salvador que los defenderá y los liberará» (Is 19, 20). Este hombre ha dicho de sí mismo: «Ahora procuráis matarme a mí, que os he dicho la verdad» (Jn 8, 40).
Pero aunque sea un hombre, ¿quién lo conocerá? Porque, como uno solo es Dios, así también es «uno solo el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús» (1 Tm 2, 5). Él es el único que redimirá al hombre, yendo más allá de todo amor fraternal, porque ha derramado su sangre por extraños, sangre que nadie puede dar por un hermano. Por eso no ahorró su propio cuerpo para redimirnos del pecado y «se entregó a sí mismo como rescate por todos» (1 Tm 2, 6), como lo afirmó su testigo veraz, el apóstol Pablo, el cual dice: «Digo la verdad, no miento» (Rm 9, 1).
Pero ¿por qué solo él redimirá? Porque nadie puede igualarlo en el amor, y como él nadie da su vida por sus esclavos; nadie puede igualarlo en integridad: todos, en efecto, están bajo el pecado porque todos están sujetos a la caída de Adán. Solo se elige un redentor, el cual no pueda estar sujeto al pecado antiguo. Por tanto, por el hombre entendemos a Cristo Señor, el cual tomó la condición del hombre para crucificar en su carne el pecado de todos y para destruir con su sangre la sentencia de condenación contraída por todos.
Pero quizás dirás: ¿Cómo se niega que un hermano pueda redimir, cuando él mismo ha dicho: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos»? (Sal 21, 23). El hombre Cristo Jesús no nos perdonó los pecados en cuanto hermano nuestro, sino en cuanto Dios nuestro. Así está escrito: «Fue Dios quien reconcilió al mundo consigo mismo en Cristo» (2 Cor 5, 19), es decir, en aquel Cristo Jesús del cual solo fue dicho que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). Por tanto, no como hermano, sino como Señor habitó entre nosotros, cuando habitaba en la carne.
San Ambrosio, obispo
Del «Comentario sobre los salmos»