He aquí que vendrán días, dice el Señor, en los que yo haré con Israel y con Judá una alianza nueva... Pondré mi ley en sus entrañas y la grabaré en sus corazones: ellos me tendrán por Dios y yo los tendré por mi pueblo... Todos ellos, pequeños y grandes, me conocerán, dice el Señor (cf. Jr 31, 31-34). Cristo instituyó esta nueva alianza, es decir, la nueva alianza en su sangre (cf. 1 Cor 11, 23), llamando gente de los judíos y de las naciones, para que se fundiera en unidad no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera el nuevo pueblo de Dios. En efecto, los creyentes en Cristo, habiendo sido regenerados no de un semilla corruptible, sino de una incorruptible, por la palabra de Dios viva (cf. 1 Pt 1, 23), no de la carne sino del agua y del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5-6), constituyen una estirpe elegida, un sacerdocio real, un pueblo santo, un pueblo rescatado... lo que antes no era pueblo, ahora es pueblo de Dios (cf. 1 Pt 2, 9-10).
Este pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, que fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitado por nuestra justificación (cf. Rm 4, 25), y que ahora, después de haberse adquirido un nombre que está sobre todo nombre, reina glorioso en el cielo. Este pueblo tiene por condición la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyo corazón habita el Espíritu Santo como en su templo. Tiene por ley el nuevo mandamiento de amar como el mismo Cristo nos amó (cf. Jn 13, 34). Y, finalmente, tiene por fin el reino de Dios, comenzado en la tierra por el mismo Dios, y que debe ser ulteriormente dilatado, hasta que al fin de los siglos sea por él llevado a cumplimiento, cuando aparecerá Cristo, vida nuestra (cf. Col 3, 4) y también las mismas criaturas serán liberadas de la esclavitud de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21). Por eso el pueblo mesiánico, aunque no comprenda de hecho a todos los hombres, y aparezca a veces como el pequeño rebaño, constituye para toda la humanidad un germen validísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Constituido por Cristo en una comunión de vida, de caridad y de verdad, es también por él tomado para ser instrumento de la redención de todos y, cual luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5, 12-16), es enviado a todo el mundo.
Como ya Israel según la carne, peregrino en el desierto, viene llamado la iglesia de Dios (Ne 13, 1. cf. Nm 20, 4; Dt 23, 1 ss.), así el nuevo Israel, que camina en el siglo presente en busca de la ciudad futura y permanente (cf. He 13, 14), se llama también la Iglesia de Cristo (cf. Hch 20, 28), repleta de su Espíritu y provista de medios adecuados para la unión visible y social. Dios ha convocado la asamblea de aquellos que miran en la fe a Jesús, autor de la salvación y principio de unidad y de paz, y ha constituido su iglesia, para que sea para todos y para los individuos el sacramento visible de esta unidad salvífica.

De la Constitución dogmática «Lumen gentium» del Concilio ecuménico Vaticano II sobre la Iglesia.(N. 9)