los preceptos del Evangelio, hermanos carísimos, son sin duda enseñanzas divinas, fundamentos sobre los que se edifica la esperanza, soportes que fortalecen la fe, alimentos que restauran el corazón, timones que dirigen el camino, ayudas para obtener la salvación. Instruyen las mentes dóciles de los creyentes aquí en la tierra y los conducen al reino de los cielos.
Dios quiso que muchas cosas fueran dichas y escuchadas por medio de los profetas, sus siervos. Pero inmensamente más sublimes son las realidades que comunica a través de su Hijo. Más incomparables las cosas que la palabra de Dios, ya presente en los profetas, proclama ahora con su propia voz, y es decir, no ya mandando que se le prepare el camino, sino viniendo él mismo, abriéndonos y mostrándonos el camino a seguir. Así, mientras antes éramos errantes, insensatos y ciegos en las tinieblas de la muerte, ahora, iluminados por la luz de la gracia, podemos recorrer el camino de la vida con la guía y la ayuda del Señor.
Él, entre otros saludables amonestamientos y divinos preceptos, con los cuales vino en ayuda a su pueblo para la salvación, dio también la norma de la oración, nos sugirió y enseñó lo que debíamos pedir. Aquel que dio la vida, enseñó también a orar, con la misma benevolencia con la que se dignó de dar y proveer todo lo demás; y esto para que, hablando nosotros al Padre con la súplica y la oración que el Hijo enseñó, fuéramos más fácilmente escuchados.
Ya había predicho que vendría la hora en la que los verdaderos adoradores adorarían al Padre en espíritu y verdad, y él cumplió la promesa para que nosotros, recibiendo de su santificación el espíritu y la verdad, adoráramos verdaderamente y espiritualmente en gracia de su don.
¿Qué oración, en efecto, puede ser más espiritual que la que nos ha sido dada por Cristo, del cual nos ha sido enviado también el Espíritu Santo? ¿Qué oración al Padre puede ser más verdadera que la que ha sido pronunciada por la boca del Hijo, que es verdad? Orar de manera diferente a lo que él nos ha enseñado no sería solamente ignorancia, sino también culpa, habiendo él mismo afirmado: «Rechazáis el mandamiento de Dios para observar vuestra tradición» (cf. Mc 7, 9).
Oremos, pues, hermanos, como Dios, nuestro Maestro, nos ha enseñado. Es oración amiga y familiar orar a Dios con sus palabras, hacer subir a sus oídos la oración de Cristo.
Reconozca el Padre las palabras de su Hijo cuando oramos; él que habita dentro de nuestro corazón esté también en nuestra voz. Y puesto que es nuestro abogado junto al Padre, usemos las palabras de nuestro abogado cuando, como pecadores, suplicamos por nuestros pecados. Si él ha dicho que todo lo que pidamos al Padre en su nombre nos será dado, imploraremos más eficazmente lo que pedimos en nombre de Cristo, si lo pedimos con su oración.
Del tratado sobre el «Padre nuestro» de san Cipriano, obispo y mártir
Dios quiso que muchas cosas fueran dichas y escuchadas por medio de los profetas, sus siervos. Pero inmensamente más sublimes son las realidades que comunica a través de su Hijo. Más incomparables las cosas que la palabra de Dios, ya presente en los profetas, proclama ahora con su propia voz, y es decir, no ya mandando que se le prepare el camino, sino viniendo él mismo, abriéndonos y mostrándonos el camino a seguir. Así, mientras antes éramos errantes, insensatos y ciegos en las tinieblas de la muerte, ahora, iluminados por la luz de la gracia, podemos recorrer el camino de la vida con la guía y la ayuda del Señor.
Él, entre otros saludables amonestamientos y divinos preceptos, con los cuales vino en ayuda a su pueblo para la salvación, dio también la norma de la oración, nos sugirió y enseñó lo que debíamos pedir. Aquel que dio la vida, enseñó también a orar, con la misma benevolencia con la que se dignó de dar y proveer todo lo demás; y esto para que, hablando nosotros al Padre con la súplica y la oración que el Hijo enseñó, fuéramos más fácilmente escuchados.
Ya había predicho que vendría la hora en la que los verdaderos adoradores adorarían al Padre en espíritu y verdad, y él cumplió la promesa para que nosotros, recibiendo de su santificación el espíritu y la verdad, adoráramos verdaderamente y espiritualmente en gracia de su don.
¿Qué oración, en efecto, puede ser más espiritual que la que nos ha sido dada por Cristo, del cual nos ha sido enviado también el Espíritu Santo? ¿Qué oración al Padre puede ser más verdadera que la que ha sido pronunciada por la boca del Hijo, que es verdad? Orar de manera diferente a lo que él nos ha enseñado no sería solamente ignorancia, sino también culpa, habiendo él mismo afirmado: «Rechazáis el mandamiento de Dios para observar vuestra tradición» (cf. Mc 7, 9).
Oremos, pues, hermanos, como Dios, nuestro Maestro, nos ha enseñado. Es oración amiga y familiar orar a Dios con sus palabras, hacer subir a sus oídos la oración de Cristo.
Reconozca el Padre las palabras de su Hijo cuando oramos; él que habita dentro de nuestro corazón esté también en nuestra voz. Y puesto que es nuestro abogado junto al Padre, usemos las palabras de nuestro abogado cuando, como pecadores, suplicamos por nuestros pecados. Si él ha dicho que todo lo que pidamos al Padre en su nombre nos será dado, imploraremos más eficazmente lo que pedimos en nombre de Cristo, si lo pedimos con su oración.
Del tratado sobre el «Padre nuestro» de san Cipriano, obispo y mártir