No es por iniciativa mía, hermanos, que os escribo acerca de la justicia, sino porque vosotros mismos me lo habéis pedido, y lo haré diciéndoos no cosas mías, sino de Pablo. Efectivamente, ni yo ni otro como yo podría jamás llegar a la sabiduría del bienaventurado y glorioso apóstol. Él, cuando se encontraba entre vosotros, hablando en persona a los hombres de su tiempo, transmitió con seguridad y con fuerza el mensaje de verdad y, también después de su partida, os dirigió cartas, que os edificarán siempre en la fe recibida, si las meditaréis atentamente. Os harán crecer en esa fe que es nuestra común madre (cf. Gal 4, 26), a la cual sigue la esperanza que es precedida por la caridad hacia Dios, hacia Cristo y hacia el prójimo. Quien posee estas virtudes ha cumplido el mandamiento de la justicia, porque quien tiene el amor está lejos de todo pecado.
«El amor al dinero es la raíz de todos los males» (1 Tm 6, 10). Conscientes, pues, de que «no hemos traído nada a este mundo y nada podemos llevarnos» (1 Tm 6, 7), armémonos con las armas de la justicia y aprendamos nosotros primero a caminar por el camino de los mandamientos del Señor. Enseñad a vuestras esposas a caminar en la fe recibida, en el amor y en la pureza, a amar a sus maridos en toda fidelidad y a todos los demás igualmente en toda castidad, y a educar a los hijos en el temor de Dios (cf. Ef 5, 23 ss.).
Las viudas estén impregnadas de fe en el Señor, intercedan incesantemente por todos, eviten toda calumnia, maledicencia, falso testimonio, la codicia del dinero y cualquier especie de mal; sean conscientes de ser un altar de Dios, el cual examina atentamente todo y nada ignora de nuestros pensamientos, sentimientos o secretos del corazón (cf. 1 Tm 5, 3-16).
Sabiendo bien, pues, que «no se puede burlar a Dios» (Gal 6, 7), debemos caminar de manera digna de sus mandamientos y de su gloria. Los diáconos caminen en santidad bajo la mirada de Dios santo, como ministros suyos y de Cristo, y no se preocupen por los juicios de los hombres. No sean calumniadores, no falsos; no estén apegados al dinero (cf. 1 Tm 3, 6 ss.).
Sabios en todo, compasivos, solícitos, caminen según la verdad del Señor que se hizo servidor de todos.
Si a él nos seremos agradables en el tiempo presente, él nos dará a cambio los bienes futuros, cuando nos resucite de entre los muertos como nos ha prometido. Si nos comportaremos de manera digna de él, «con él también reinarán» (2 Tm 2, 12), siempre que permanezcamos firmes en la fe.

De la «Carta a los Filipenses» de san Policarpo, obispo y mártir