El camino es Cristo, y por eso dice: «Yo soy el camino» (Jn 14, 6). Lo cual está plenamente justificado, pues «por medio de él podemos presentarnos al Padre» (Ef 2, 18).
Y ya que este camino conduce a la meta, añade: «Soy la verdad y la vida»; y así él es al mismo tiempo camino y meta. Camino según la humanidad, meta según la divinidad. Por tanto, en cuanto hombre, dice: «Yo soy el camino»; en cuanto Dios añade: «la verdad y la vida». Con estas dos palabras se indica muy bien el objetivo de este camino.
El punto de llegada de este camino es, en efecto, el fin del deseo humano. Ahora bien, el hombre desea principalmente dos cosas: en primer lugar, ese conocimiento de la verdad que es propio de su naturaleza. En segundo
lugar, la permanencia en el ser, propiedad esta común a todas las cosas. En Cristo se encuentra la una y la otra. Él es el camino para llegar al conocimiento de la verdad, sino que es la misma verdad: Guíame, Señor, en la verdad, y caminaré por tu camino (cf. Sal 85, 11).
Similarmente, él es el camino para llegar a la vida, sino que él mismo es la vida: «Me has hecho conocer el camino de la vida» (Sal 15, 11 Vulgata).
Y por eso designó el fin de este camino como verdad y vida. Ambas fueron aplicadas a Cristo más arriba.
En primer lugar, él es la vida: se dice, en efecto, «en él estaba la vida», y luego que él es la verdad, porque «era la luz de los hombres» (Jn 1, 4). Y la luz es la verdad. Si, pues, buscas por dónde pasar, acoge a Cristo, porque él es el camino: «Este es el camino, caminad por él» (Is 30, 21). Dice Agustín: «Camina a través del hombre y llegarás a Dios». Es mejor cojear en el camino que caminar a paso ligero fuera de él. Quien cojea en el camino, aunque avance poco, se acerca, sin embargo, al término. Quien, en cambio, camina fuera del camino, cuanto más rápido corre, tanto más se aleja de la meta.
Si buscas adónde ir, sigue a Cristo, porque él es la verdad, a la cual deseamos llegar: «Mi boca proclama la verdad» (Pr 8, 7). Si buscas dónde detenerte, permanece con Cristo, porque él es la vida: Quien me halla, halla la vida, y beberá la salvación del Señor (cf. Pr 8, 35).
Sigue, pues, a Cristo si quieres estar seguro. No podrás extraviarte, porque él es el camino. Por eso, los que lo siguen no caminan por lugares impracticables, sino por el camino recto. Igualmente no puede haber error, porque él es la verdad y enseña toda la verdad. Dice, en efecto: «Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37). Por último, no puede haber confusión, porque él es la vida y da la vida. Dice, en efecto: «He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10).

De la "Exposición sobre Juan" de san Tomás de Aquino, doctor de la Iglesia