La esperanza es gozosa si se vive junto con la fe

El que tiene como prenda al Espíritu y posee la esperanza de la resurrección, tiene como ya presente aquello que espera y por lo tanto puede decir con razón que no conoce a nadie según la carne, es decir, que se siente, ya desde ahora, partícipe de la condición del Cristo glorioso. Esto vale para todos nosotros que somos espirituales y ajenos a la corrupción de la carne. En efecto, brillando en nosotros el Unigénito, somos transformados en el mismo Verbo que todo vivifica. Cuando reinaba el pecado, estábamos todos vinculados por las cadenas de la muerte. Ahora que ha sustituido al pecado la justicia de Cristo, nos hemos liberado del antiguo estado de decadencia.

Cuando decimos que nadie está ya en la carne, nos referimos a aquella condición connatural a la criatura humana que comprende, entre otras cosas, la particular caducidad propia de los cuerpos. A esto alude san Pablo cuando dice: «Porque aunque hemos conocido a Cristo según la carne, ya no lo conocemos así» (2 Cor 5, 16). En otras palabras: «El Verbo se hizo carne y vino a habitar en medio de nosotros» (Jn 1, 14), y por la vida de todos nosotros aceptó la muerte del cuerpo. Nuestra fe primero nos lo hace conocer muerto, pero luego ya no muerto, sino vivo; vivo con el cuerpo resucitado al tercer día; vivo junto al Padre, ya en una condición superior a aquella connatural a los cuerpos que viven en la tierra. Muerto, en efecto, una sola vez, ya no muere más, la muerte ya no tiene más poder sobre él. En cuanto a su muerte, él murió al pecado una vez para siempre; ahora, en cambio, por el hecho de que él vive, vive para Dios (cf. Rm 6, 8-9).

Por tanto, si se encuentra en este estado aquel que se hizo para nosotros precursor de la vida, es absolutamente necesario que también nosotros, siguiendo sus huellas, nos consideremos vivos de la misma vida suya, superior a la vida natural de la persona humana. Por eso, muy justamente, san Pablo escribe: «Si uno está en Cristo, es una criatura nueva; las cosas viejas han pasado, ¡he aquí que han nacido cosas nuevas!» (2 Cor 5, 17). Fuimos, en efecto, justificados en Cristo por medio de la fe, y la fuerza de la maldición ha cesado. Puesto que él ha resucitado por nosotros, después de haber puesto bajo sus pies el poder de la muerte, nosotros conocemos al verdadero Dios en su misma naturaleza, y a él rendimos culto en espíritu y verdad, por mediación del Hijo, el cual dona al mundo, de parte del Padre, las bendiciones celestiales.

Por eso, muy a propósito, san Pablo escribe: «Todo esto viene de Dios, que nos ha reconciliado consigo mediante Cristo» (2 Cor 5, 18). En realidad, el misterio de la encarnación y el consiguiente renovación no ocurren al margen de la voluntad del Padre. Sin duda, por medio de Cristo hemos adquirido el acceso al Padre, dado que nadie viene al Padre, como él mismo dice, sino por medio de él. Por eso «todo esto viene de Dios, que nos ha reconciliado mediante Cristo, y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5, 18).

San Cirilo de Alejandría, obispo