«El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?» (Sal 26, 1). Se demuestra grande este siervo que comprendía cómo era iluminado, por quién era iluminado y quién era iluminado. Veía la luz: no esta que se pone, sino aquella que el ojo no ve. Las almas irradiadas por esta luz no caen en el pecado, no tropiezan en los vicios.
El Señor decía: «Andad mientras tenéis la luz» (Jn 12, 35). ¿De qué luz hablaba si no de sí mismo? Pues él dijo: «Yo he venido al mundo como luz» (Jn 12, 46), para que los que ven no vean y los ciecos reciban la luz.
El Señor es, pues, quien nos ilumina, el sol de justicia que ha irradiado a la Iglesia católica, esparcida por todo el mundo. El profeta vaticinaba de ella con estas palabras: «El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?».
Si el hombre interior es iluminado, no vacila, no se pierde en su camino, no pierde el ánimo. Quien avista de lejos su patria, soporta toda contrariedad, no se entristece en las adversidades del tiempo presente; antes bien, recobra ánimo en el Señor, es humilde de corazón, resiste a la prueba y, en su humildad, lleva paciencia. Esta luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn 1, 9), se ofrece a quienes la temen, desciende y se revela en aquellos a quienes el Hijo quiere iluminar.
Quién yacía en las tinieblas y en la sombra de la muerte, es decir, en las tinieblas del mal y en la sombra del pecado, al amanecer de esta luz siente horror de sí mismo, vuelve en sí, se arrepiente, se avergüenza y dice: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?». Grande salvación es esta, hermanos míos. Salvación que no teme flaquezas, que no teme fatigas, que afronta de buen grado el sufrimiento. Todos, por tanto, debemos exclamar en coro y con entusiasmo, no solo con la lengua, sino también con el corazón: «El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?».
Él es quien ilumina, él es quien salva. ¿A quién temeré? Vengan las tinieblas de las tentaciones; el Señor es mi luz. Pueden venir, pero no podrán dominarme; pueden asaltar mi corazón, pero no vencerlo. Vengan las ciegas concupiscencias. El Señor es mi luz. Él, pues, es nuestra fortaleza. Él se nos da y nosotros nos damos a él. Acudid al médico mientras es tiempo, para que no suceda que no podáis cuando lo quisierais.

De los «Sermones» de Juan de Nápoles, obispo