Dejando de lado los ejemplos de los tiempos antiguos, pasemos a los atletas que nos han sido más cercanos. Pongamos ante nuestros ojos los ejemplos heroicos de nuestra generación. Aquellos que eran las columnas más altas y más santas sufrieron la persecución y combatieron hasta la muerte. Y esto a causa de la persecución, suscitada por el odio y la maldad.
Pongamos ante nuestros ojos a los valerosos apóstoles: Pedro, que por malvada intolerancia tuvo que soportar no uno o dos, sino muchos dolores y así, habiendo dado testimonio del martirio, se fue al lugar de gloria que le correspondía.
Después obtuvo el premio de sus sufrimientos Pablo, víctima del acérrimo fanatismo de sus enemigos. Puesto siete veces en cadenas, exiliado, lapidado, habiéndose hecho araldo de la palabra en oriente y en occidente, se hizo glorioso por su fe. Después de haber enseñado la justicia a todo el mundo y haber tocado los confines del occidente, rindió su testimonio ante los gobernantes. Así pasó de este mundo y se fue al lugar de los santos, altísimo modelo de fortaleza en la prueba.
A estos hombres que vivieron en la santidad vino a añadirse una gran multitud de elegidos los cuales, habiendo sufrido aún a causa del odio ajeno muchos ultrajes y tormentos, nos ofrecieron un magnífico ejemplo. A motivo del odio, varias mujeres sufrieron persecuciones como Dánaides y Dirce. Soportaron ultrajes terribles e impíos y así llegaron a la meta de la fe. Aunque débiles de cuerpo, recibieron un noble premio. La envidia apartó los ánimos de las mujeres de sus maridos y alteró el dicho de nuestro padre Adán: Esto es hueso de mis huesos y carne de mi carne (cf. Gn 2, 23). La envidia y la discordia arruinaron grandes ciudades y desestabilizaron desde las raíces a numerosos pueblos.
Vos escribimos estas cosas, carísimos, no solamente para recordaros vuestro deber, sino también para recordárnoslo a nosotros mismos. En efecto, nos encontramos en la misma arena y nos aguarda el mismo combate. Dejemos, pues, de lado las vanas e inútiles preocupaciones y volvamos a la gloriosa y venerable norma de nuestra tradición, y busquemos ver qué es bello, agradable y grato a los ojos de nuestro Creador.
Mantengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuánto es preciosa para Dios, su Padre, la sangre de él que, derramada por nuestra salvación, trajo al mundo entero la gracia de la conversión.

De la "Carta a los Corintios" de san Clemente I, papa