¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No permitas que sea objeto de desprecio en sus miembros, es decir, en los pobres, desprovistos de ropa para cubrirse. No lo honres aquí en la iglesia con telas de seda, mientras lo descuidas fuera cuando sufre por el frío y la desnudez. Aquel que dijo: «Esto es mi cuerpo», confirmando el hecho con la palabra, dijo también: Me visteis hambriento y no me disteis de comer (cf. Mt 25, 42), y: En cuanto no lo hicisteis con uno de estos más pequeños, tampoco conmigo lo hicisteis (cf. Mt 25, 45). El cuerpo de Cristo que está sobre el altar no necesita mantos, sino almas puras; mientras que el que está fuera necesita mucho cuidado.
Aprendamos, pues, a pensar y a honrar a Cristo como él quiere. En efecto, el honor más agradable que podemos rendir a aquel a quien queremos venerar es el que él mismo quiere, no el que nosotros inventamos. También Pedro creía honrarlo impidiéndole lavarle los pies. Esto no era honor, sino verdadera descortesía. Así también tú ríndele ese honor que él ha mandado, haz que los pobres se beneficien de tus riquezas. Dios no necesita vasos de oro, sino almas de oro.
Con esto no quiero decir que os prohíba hacer donaciones a la iglesia. No. Pero os suplico que deis, con estas y antes que estas, la limosna. Dios, en efecto, acepta los dones a su casa terrenal, pero agradece mucho más el socorro dado a los pobres.
En el primer caso, solo se beneficia quien ofrece; en el segundo, también quien recibe. Allí el don podría ser ocasión de ostentación; aquí, en cambio, es limosna y amor. ¿Qué ventaja puede tener Cristo si la mesa del sacrificio está llena de vasos de oro, mientras muere de hambre en la persona del pobre? Primero sacia al hambriento, y solo después adorna el altar con lo que sobre. ¿Le ofrecerás un cáliz de oro y no le darás un vaso de agua? ¿Qué necesidad hay de adornar con velos de oro su altar, si luego no le ofreces la ropa necesaria? ¿Qué ganancia saca él? Dime: si vieras a uno desprovisto del alimento necesario y, sin importarte, adornaras de oro solo su mesa, ¿crees que te agradecería o, más bien, no se enfurecería contra ti? Y si vieras a uno cubierto de harapos y helado de frío, descuidando de vestirlo, le erigieras columnas doradas, diciendo que lo haces en su honor, ¿no se consideraría quizás burlado e insultado de manera atroz?
Piensa lo mismo de Cristo, cuando va errante y peregrino, necesitado de un techo. Tú te niegas a acogerlo en el peregrino y, en cambio, adornas el suelo, las paredes, las columnas y los muros del edificio sagrado. Atacas cadenas de plata a las lámparas, pero no vas a visitarlo cuando él está encadenado en la cárcel. Digo esto no para prohibiros procurar tales adornos y enseres sagrados, sino para exhortaros a ofrecer, junto con estos, también la ayuda necesaria a los pobres, o, mejor, para que esto se haga antes que aquello. Nadie ha sido jamás condenado por no haber cooperado a embellecer el templo, pero quien descuida al pobre está destinado al infierno, al fuego inextinguible y al suplicio con los demonios. Por tanto, mientras adornas el lugar del culto, no cierres tu corazón al hermano que sufre. Este es un templo vivo más precioso que aquel.
De las «Homilías sobre el evangelio de Mateo» de san Juan Crisóstomo, obispo
Aprendamos, pues, a pensar y a honrar a Cristo como él quiere. En efecto, el honor más agradable que podemos rendir a aquel a quien queremos venerar es el que él mismo quiere, no el que nosotros inventamos. También Pedro creía honrarlo impidiéndole lavarle los pies. Esto no era honor, sino verdadera descortesía. Así también tú ríndele ese honor que él ha mandado, haz que los pobres se beneficien de tus riquezas. Dios no necesita vasos de oro, sino almas de oro.
Con esto no quiero decir que os prohíba hacer donaciones a la iglesia. No. Pero os suplico que deis, con estas y antes que estas, la limosna. Dios, en efecto, acepta los dones a su casa terrenal, pero agradece mucho más el socorro dado a los pobres.
En el primer caso, solo se beneficia quien ofrece; en el segundo, también quien recibe. Allí el don podría ser ocasión de ostentación; aquí, en cambio, es limosna y amor. ¿Qué ventaja puede tener Cristo si la mesa del sacrificio está llena de vasos de oro, mientras muere de hambre en la persona del pobre? Primero sacia al hambriento, y solo después adorna el altar con lo que sobre. ¿Le ofrecerás un cáliz de oro y no le darás un vaso de agua? ¿Qué necesidad hay de adornar con velos de oro su altar, si luego no le ofreces la ropa necesaria? ¿Qué ganancia saca él? Dime: si vieras a uno desprovisto del alimento necesario y, sin importarte, adornaras de oro solo su mesa, ¿crees que te agradecería o, más bien, no se enfurecería contra ti? Y si vieras a uno cubierto de harapos y helado de frío, descuidando de vestirlo, le erigieras columnas doradas, diciendo que lo haces en su honor, ¿no se consideraría quizás burlado e insultado de manera atroz?
Piensa lo mismo de Cristo, cuando va errante y peregrino, necesitado de un techo. Tú te niegas a acogerlo en el peregrino y, en cambio, adornas el suelo, las paredes, las columnas y los muros del edificio sagrado. Atacas cadenas de plata a las lámparas, pero no vas a visitarlo cuando él está encadenado en la cárcel. Digo esto no para prohibiros procurar tales adornos y enseres sagrados, sino para exhortaros a ofrecer, junto con estos, también la ayuda necesaria a los pobres, o, mejor, para que esto se haga antes que aquello. Nadie ha sido jamás condenado por no haber cooperado a embellecer el templo, pero quien descuida al pobre está destinado al infierno, al fuego inextinguible y al suplicio con los demonios. Por tanto, mientras adornas el lugar del culto, no cierres tu corazón al hermano que sufre. Este es un templo vivo más precioso que aquel.
De las «Homilías sobre el evangelio de Mateo» de san Juan Crisóstomo, obispo