Cristo es él solo que ha muerto por todos. Es él el mismo que se encuentra en el sacramento del pan y del vino, aunque sean muchas las asambleas en las que se reúne la Iglesia. Es el mismo que, inmolado, recrea; creído, vivifica; consagrado, santifica a los que consagran.
La carne del sacrificio es la del Cordero divino, y la sangre es la suya. En efecto, el Pan descendido del cielo dijo: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6, 52).
Muy justamente su sangre viene indicada también bajo el signo del vino. Él mismo lo dijo en el evangelio: «Yo soy la verdadera vid» (Jn 15, 1). El vino ofrecido en la Misa como sacramento de la pasión de Cristo es su sangre.
Por esta razón el patriarca Jacob había profetizado de Cristo, diciendo: Él lavará en el vino su vestidura y en la sangre de la uva su manto (cf. Gn 49, 11). En efecto, lavaría en su propia sangre la vestidura de nuestro cuerpo, de la cual él mismo se había revestido. Él, creador y señor de todas las cosas, produce el pan de la tierra y del pan produce sacramentalmente su cuerpo, porque lo ha prometido y puede hacerlo. Él además, que hizo del agua vino, del vino hace su sangre.
«Es la Pascua del Señor» (Ex 12, 11), es decir, el paso del Señor. Estas palabras te advierten de no creer terrenal lo que se ha hecho celestial. El Señor «pasa» en la realidad terrenal y la hace su cuerpo y su sangre.
Lo que recibes es el cuerpo de aquel que es pan celestial y la sangre de aquel que es la sagrada vid. En efecto, mientras ofrecía a sus discípulos el pan consagrado y el vino, dijo así: «Este es mi cuerpo, esta es mi sangre» (Mt 26, 26-27). Creemos, pues, en aquel en quien nos hemos confiado: la verdad no conoce mentira. Cuando en efecto decía a las multitudes asombradas que su cuerpo era para ser comido y su sangre para ser bebida, muchos murmuraban: «Este lenguaje es duro, ¿quién puede entenderlo?» (Jn 6, 60). Para borrar con el fuego celestial aquellos pensamientos añadió: «Es el Espíritu el que da vida; la carne no aprovecha nada. Las palabras que yo os he dicho son espíritu y vida» (Jn 6, 63).
De los Tratados de San Gaudencio de Brescia, obispo
La carne del sacrificio es la del Cordero divino, y la sangre es la suya. En efecto, el Pan descendido del cielo dijo: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6, 52).
Muy justamente su sangre viene indicada también bajo el signo del vino. Él mismo lo dijo en el evangelio: «Yo soy la verdadera vid» (Jn 15, 1). El vino ofrecido en la Misa como sacramento de la pasión de Cristo es su sangre.
Por esta razón el patriarca Jacob había profetizado de Cristo, diciendo: Él lavará en el vino su vestidura y en la sangre de la uva su manto (cf. Gn 49, 11). En efecto, lavaría en su propia sangre la vestidura de nuestro cuerpo, de la cual él mismo se había revestido. Él, creador y señor de todas las cosas, produce el pan de la tierra y del pan produce sacramentalmente su cuerpo, porque lo ha prometido y puede hacerlo. Él además, que hizo del agua vino, del vino hace su sangre.
«Es la Pascua del Señor» (Ex 12, 11), es decir, el paso del Señor. Estas palabras te advierten de no creer terrenal lo que se ha hecho celestial. El Señor «pasa» en la realidad terrenal y la hace su cuerpo y su sangre.
Lo que recibes es el cuerpo de aquel que es pan celestial y la sangre de aquel que es la sagrada vid. En efecto, mientras ofrecía a sus discípulos el pan consagrado y el vino, dijo así: «Este es mi cuerpo, esta es mi sangre» (Mt 26, 26-27). Creemos, pues, en aquel en quien nos hemos confiado: la verdad no conoce mentira. Cuando en efecto decía a las multitudes asombradas que su cuerpo era para ser comido y su sangre para ser bebida, muchos murmuraban: «Este lenguaje es duro, ¿quién puede entenderlo?» (Jn 6, 60). Para borrar con el fuego celestial aquellos pensamientos añadió: «Es el Espíritu el que da vida; la carne no aprovecha nada. Las palabras que yo os he dicho son espíritu y vida» (Jn 6, 63).
De los Tratados de San Gaudencio de Brescia, obispo