Nuestro Señor Jesucristo, al nacer verdadero hombre, sin dejar nunca de ser verdadero Dios, dio inicio, en sí mismo, a una nueva creación y, con este nacimiento, comunicó al género humano un principio espiritual. ¿Qué mente podría comprender este misterio, o qué lengua podría expresar esta gracia? La humanidad pecadora recupera la inocencia, la humanidad envejecida en el mal recobra una nueva vida; los extraños reciben la adopción y los forasteros entran en posesión de la herencia.
Despierta, oh hombre, y reconoce la dignidad de tu naturaleza! Recuerda que fuiste creado a imagen de Dios; que, si esta semejanza se deformó en Adán, fue, sin embargo, restaurada en Cristo. De las criaturas visibles sálvate de manera conveniente, como te sirves de la tierra, del mar, del cielo, del aire, de las fuentes, de los ríos. Lo que de bello y maravilloso encuentres en ellas, dirígelo a la alabanza y a la gloria del Creador.
Con el sentido corporal de la vista recibe también la luz material, pero al mismo tiempo abraza, con todo el ardor de tu corazón, aquella verdadera luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn 1, 9). De esta luz dice el profeta: «Mirad a él y seréis resplandecientes, no serán confundidos vuestros rostros» (Sal 33, 6). Si nosotros, en efecto, somos templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en nosotros, vale mucho más lo que cada fiel lleva en su corazón, de lo que puede admirar en el cielo.
No queremos con esto, carísimos, incitaros o persuadiraros a despreciar las obras de Dios, o a ver algo contrario a vuestra fe en las cosas que el Dios de la bondad ha creado buenas, sino que solo queremos exhortaros, para que sepáis serviros de toda criatura y de toda la belleza de este mundo de manera sabia y equilibrada. En efecto, como dice el Apóstol: «Las cosas visibles son de un momento, las invisibles son eternas» (2 Cor 4, 18).
Por tanto, ya que hemos nacido para la vida presente, pero luego hemos renacido para la futura, no debemos estar todos dedicados a los bienes temporales, sino tender a los bienes eternos. Para poder contemplar más de cerca lo que esperamos, reflexionemos sobre lo que la gracia divina ha conferido a nuestra naturaleza. Escuchemos al Apóstol, que nos dice: «Vosotros, en efecto, habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros seréis manifestados con él en gloria» (Col 3, 34) que vive y reina con el Padre y con el Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.
De los «Discursos» de san León Magno, papa
Despierta, oh hombre, y reconoce la dignidad de tu naturaleza! Recuerda que fuiste creado a imagen de Dios; que, si esta semejanza se deformó en Adán, fue, sin embargo, restaurada en Cristo. De las criaturas visibles sálvate de manera conveniente, como te sirves de la tierra, del mar, del cielo, del aire, de las fuentes, de los ríos. Lo que de bello y maravilloso encuentres en ellas, dirígelo a la alabanza y a la gloria del Creador.
Con el sentido corporal de la vista recibe también la luz material, pero al mismo tiempo abraza, con todo el ardor de tu corazón, aquella verdadera luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn 1, 9). De esta luz dice el profeta: «Mirad a él y seréis resplandecientes, no serán confundidos vuestros rostros» (Sal 33, 6). Si nosotros, en efecto, somos templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en nosotros, vale mucho más lo que cada fiel lleva en su corazón, de lo que puede admirar en el cielo.
No queremos con esto, carísimos, incitaros o persuadiraros a despreciar las obras de Dios, o a ver algo contrario a vuestra fe en las cosas que el Dios de la bondad ha creado buenas, sino que solo queremos exhortaros, para que sepáis serviros de toda criatura y de toda la belleza de este mundo de manera sabia y equilibrada. En efecto, como dice el Apóstol: «Las cosas visibles son de un momento, las invisibles son eternas» (2 Cor 4, 18).
Por tanto, ya que hemos nacido para la vida presente, pero luego hemos renacido para la futura, no debemos estar todos dedicados a los bienes temporales, sino tender a los bienes eternos. Para poder contemplar más de cerca lo que esperamos, reflexionemos sobre lo que la gracia divina ha conferido a nuestra naturaleza. Escuchemos al Apóstol, que nos dice: «Vosotros, en efecto, habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros seréis manifestados con él en gloria» (Col 3, 34) que vive y reina con el Padre y con el Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.
De los «Discursos» de san León Magno, papa