Antes que nada, debes pedir a Dios con oraciones insistentes que Él quiera llevar a cabo las obras de bien que tú has comenzado, para que no se entristezca de nuestras malas acciones después de haberse dignado a llamarnos a ser sus hijos. En cambio de sus dones, le debemos obediencia continua. Si no hiciéramos así, Él, como padre indignado, se vería obligado a desheredar un día a sus hijos y, como señor temible, irritado por nuestras culpas, condenaría al castigo eterno a aquellos malvados que no quisieron seguirle a la gloria.
Despertémonos, pues, de una vez al llamado de la Escritura que dice: Ya es hora de que nos levantemos del sueño (cf. Rm 13, 11). Abramos los ojos a la luz divina, escuchemos atentamente la voz amonestadora que Dios nos dirige cada día: «Hoy, si oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones» (Sal 94, 8). Y también: «El que tiene oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias» (Ap 2, 7).
¿Y qué dice? Venid, hijos, escuchad, os enseñaré el temor del Señor. Andad mientras tenéis la luz de la vida, para que no os sorprendan las tinieblas de la muerte (cf. Jn 12, 35).
El Señor busca en la multitud del pueblo a su obrero y dice: ¿Hay alguno que desee la vida y anhele pasar días felices? (cf. Sal 33, 13). Si tú, al oír estas palabras, respondes: ¡Yo lo quiero! Dios te dice: Si quieres poseer la vida verdadera y perpetua, guarda la lengua del mal y tus labios no pronuncien mentira: huye del mal y haz el bien: busca la paz y síguela (cf. Sal 33, 14-15). Y si hiciereis esto, mis ojos estarán sobre vosotros y mis oídos atentos a vuestras oraciones: antes de que me invoquéis diré: Aquí estoy.
¿Qué hay más dulce, carísimos hermanos, que esta voz del Señor que nos invita? He aquí, pues que nos ama, nos muestra el camino de la vida.
Por tanto, ceñidos los lomos de la fe y de la práctica de buenas obras, con la guía del evangelio, avancemos por sus caminos, para merecer ver en su reino a aquel que nos llamó. Como hay un celo malo y amargo que aleja de Dios y conduce al infierno, así hay un celo bueno que aleja de los vicios y conduce a Dios y a la vida eterna. En este celo los monjes deben ejercitarse con amor vivísimo; y por eso se prevengan mutuamente en honrarse, soporten con suma paciencia las flaquezas físicas y morales de los otros, se ofrezcan en carrera a la obediencia recíproca. Nadie busque su propio provecho, sino más bien el de los otros, amen a los hermanos con puro afecto, teman a Dios, quieran bien a su abad con sincera y humilde caridad.
Nada absolutamente antepongamos a Cristo y así Él, a cambio, nos conducirá todos a la vida eterna.
De la «Regla» de San Benito, abad
Despertémonos, pues, de una vez al llamado de la Escritura que dice: Ya es hora de que nos levantemos del sueño (cf. Rm 13, 11). Abramos los ojos a la luz divina, escuchemos atentamente la voz amonestadora que Dios nos dirige cada día: «Hoy, si oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones» (Sal 94, 8). Y también: «El que tiene oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias» (Ap 2, 7).
¿Y qué dice? Venid, hijos, escuchad, os enseñaré el temor del Señor. Andad mientras tenéis la luz de la vida, para que no os sorprendan las tinieblas de la muerte (cf. Jn 12, 35).
El Señor busca en la multitud del pueblo a su obrero y dice: ¿Hay alguno que desee la vida y anhele pasar días felices? (cf. Sal 33, 13). Si tú, al oír estas palabras, respondes: ¡Yo lo quiero! Dios te dice: Si quieres poseer la vida verdadera y perpetua, guarda la lengua del mal y tus labios no pronuncien mentira: huye del mal y haz el bien: busca la paz y síguela (cf. Sal 33, 14-15). Y si hiciereis esto, mis ojos estarán sobre vosotros y mis oídos atentos a vuestras oraciones: antes de que me invoquéis diré: Aquí estoy.
¿Qué hay más dulce, carísimos hermanos, que esta voz del Señor que nos invita? He aquí, pues que nos ama, nos muestra el camino de la vida.
Por tanto, ceñidos los lomos de la fe y de la práctica de buenas obras, con la guía del evangelio, avancemos por sus caminos, para merecer ver en su reino a aquel que nos llamó. Como hay un celo malo y amargo que aleja de Dios y conduce al infierno, así hay un celo bueno que aleja de los vicios y conduce a Dios y a la vida eterna. En este celo los monjes deben ejercitarse con amor vivísimo; y por eso se prevengan mutuamente en honrarse, soporten con suma paciencia las flaquezas físicas y morales de los otros, se ofrezcan en carrera a la obediencia recíproca. Nadie busque su propio provecho, sino más bien el de los otros, amen a los hermanos con puro afecto, teman a Dios, quieran bien a su abad con sincera y humilde caridad.
Nada absolutamente antepongamos a Cristo y así Él, a cambio, nos conducirá todos a la vida eterna.
De la «Regla» de San Benito, abad