Dos son las cosas que están reservadas solo a Dios: el honor de la confesión y el poder de la remisión. A él debemos hacer nuestra confesión; de él debemos esperar la remisión. A Dios solo, en efecto, corresponde perdonar los pecados y por eso a él se debe confesar. Pero el Omnipotente, habiendo tomado por esposa a una débil y el Excelso a una de baja condición, de esclava la hizo reina y a la que estaba bajo sus pies la puso a su lado. Salió, en efecto, de su costado, de donde la desposó consigo.
Y como todas las cosas del Padre son del Hijo y las del Hijo son del Padre, siendo una sola cosa por naturaleza, así el esposo ha dado todas sus cosas a la esposa, y el esposo ha compartido todo lo que era de la esposa, que también hizo una sola cosa consigo mismo y con el Padre. Quiero, dice el Hijo al Padre, orando por la esposa, que como yo y tú somos una sola cosa, así también ellos sean una sola cosa con nosotros (cf. Jn 17, 21).
El esposo, por tanto, es una sola cosa con el Padre y uno con la esposa; lo que encontró ajeno en la esposa lo quitó, clavándolo en la cruz, donde llevó los pecados de ella sobre la madera y los eliminó por medio de la madera. Lo que pertenece por naturaleza a la esposa y es su dote, lo asumió y se vistió de ello; en cambio, lo que le pertenece en sí mismo y es divino, lo regaló a la esposa. Él anuló lo que era del diablo, asumió lo que era del hombre, donó lo que era de Dios. Por esto, lo que es de la esposa es también del esposo.
Y he aquí que aquel que no cometió pecado y en cuya boca no fue hallado engaño, puede decir: «Ten piedad de mí, Señor: me consuma» (Sal 6, 3), porque aquel que tiene la debilidad de ella, tenga también su llanto y todo sea común al esposo y a la esposa. De aquí el honor de la confesión y el poder de la remisión, por lo que se debe decir: «Ve a mostrarte al sacerdote» (Mt 8, 4).
Por tanto, nada puede perdonar la Iglesia sin Cristo y Cristo no quiere perdonar nada sin la Iglesia. Nada puede perdonar la Iglesia si no es a quien está arrepentido, es decir, a aquel a quien Cristo ha tocado con su gracia; Cristo no quiere tener por perdonado a quien desprecia a la Iglesia. «Lo que Dios ha unido, el hombre no lo separe. Este misterio es grande, lo digo en referencia a Cristo y a la Iglesia» (Mt 19, 6; Ef 5, 32). No quieras, pues, desmembrar la cabeza del cuerpo. El Cristo no sería ya todo entero. Cristo, en efecto, no es nunca entero sin la Iglesia, como la Iglesia no es nunca entera sin Cristo. En efecto, el Cristo total e íntegro es cabeza y cuerpo a la vez; por esto dice: «Ninguno ha subido al cielo, sino el Hijo del hombre que ha descendido del cielo» (Jn 3, 13). Este es el único hombre que perdona los pecados.
Beato Isaaco, abad