La fe salva el tesoro de nuestra alma
Pablo, observando en sí mismo las riquezas de la sabiduría interior y viendo que por fuera era un cuerpo corruptible, dijo: «Tenemos este tesoro en vasos de barro» (2 Cor 4, 7).
He aquí que en el beato Job el vaso de barro sintió por fuera los golpes y las roturas, pero este tesoro permaneció intacto en el interior. Por fuera se agrietó a causa de las heridas, pero el tesoro de la sabiduría en el interior renacía inagotablemente, hasta el punto de manifestarse por fuera en estas santas expresiones: «Si de Dios aceptamos el bien, ¿por qué no hemos de aceptar también el mal?» (Job 2, 10).
Llama bienes a los dones de Dios, tanto temporales como eternos; y males, en cambio, a los flagelos presentes, de los cuales el Señor dice por boca del profeta: «Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay Dios. Yo formo la luz y creo las tinieblas, hago el bien y provoco la desgracia» (Is 45, 5a. 7).
«Yo formo la luz y creo las tinieblas», porque, mientras con los flagelos se crean por fuera las tinieblas del dolor, se enciende en el interior la luz de las grandes experiencias espirituales. «Hago el bien y provoco la desgracia», porque a la paz con Dios somos devueltos cuando las cosas creadas bien, pero no bien deseadas, se convierten, para nosotros, en flagelos y sufrimientos. Entramos en conflicto con Dios a causa de la culpa. Es justo, por tanto, que volvamos a la paz con él por medio de los flagelos. Cuando, en efecto, toda cosa creada bien se vuelve para nosotros sufrimiento, somos conducidos de nuevo por el camino recto, y nuestro alma es regenerada con la humildad a la paz del Creador.
Pero en las palabras de Job hay que observar atentamente con qué habilidad de razonamiento sabe concluir contra las afirmaciones de su mujer, diciendo: «Si de Dios aceptamos el bien, ¿por qué no hemos de aceptar también el mal?».
Es, ciertamente, un gran consuelo en las tribulaciones recordar los beneficios de nuestro Creador, mientras se soportan las adversidades. Ni lo que viene del dolor puede desanimarnos, si de inmediato recordamos en la mente el consuelo que los dones nos traen. Por esto fue escrito: En el tiempo de la prosperidad no olvides la desgracia, y en el tiempo de la desgracia no olvides la prosperidad (cf. Sir 11, 25).
El que goza de prosperidad, pero en el tiempo de ella no teme también los flagelos, a causa del bienestar cae en la arrogancia. El que, en cambio, oprimido por los flagelos, no busca al mismo tiempo consolarse con el recuerdo de los dones recibidos, es aniquilado por los sentimientos de desánimo o también de desesperación. Hay, pues, que unir juntas las dos cosas, de modo que la una sea siempre sostenida por la otra: el recuerdo del bien mitigará el sufrimiento del flagelo; la desconfianza acerca de las alegrías terrenas y el temor del flagelo frenarán la alegría del don.
El hombre santo, por tanto, para aliviar su ánimo oprimido en medio de las heridas, en el sufrimiento de los flagelos considere la dulzura de los dones, y diga: «Si de Dios aceptamos el bien, ¿por qué no hemos de aceptar también el mal?».
San Gregorio Magno, papa