Mantengamos fijos los ojos en la sangre de Cristo, para comprender lo precioso que es ante Dios su Padre: fue derramada por nuestra salvación y llevó a todo el mundo la gracia de la penitencia.
Repasemos todas las épocas del mundo y constataremos cómo en cada generación el Señor concedió modo y tiempo de arrepentirse a todos aquellos que estuvieron dispuestos a volver a él.
Noé fue el heraldo de la penitencia, y aquellos que lo escucharon fueron salvados.
Jonás predicó la ruina a los ninivitas, y estos, expiando sus pecados, aplacaron a Dios con las oraciones y alcanzaron la salvación. Y, sin embargo, no pertenecían al pueblo de Dios.
Nunca faltaron ministros de la gracia divina que, inspirados por el Espíritu Santo, predicaran la penitencia. El mismo Señor de todas las cosas habló de la penitencia comprometiéndose con juramento: Como vivo yo —oráculo del Señor—, no me complace la muerte del pecador, sino su conversión.
Añadió aún palabras llenas de bondad: Aléjate, casa de Israel, de tus pecados. Di a los hijos de mi pueblo: Aunque vuestros pecados desde la tierra llegaran a tocar el cielo, fueran más rojos que la grana y más negros que el carbón, basta que os convirtáis de todo corazón y me llaméis «Padre», y yo os trataré como a un pueblo santo y exaudiré vuestra oración (cf. Ez 33, 11; Os 14, 2; Is 1, 18, etc.).
Queriendo hacer participar de los bienes de la conversión a aquellos que ama, puso su voluntad omnipotente como sello de su palabra.
Obedezcamos, pues, a su magnífica y gloriosa voluntad. Postrémonos ante el Señor suplicándole que sea misericordioso y benigno. Convertámonos sinceramente a su amor. Repudiemos toda obra de mal, toda clase de discordia y envidia, causa de muerte. Seamos, pues, humildes de espíritu, hermanos. Rechacemos toda vanagloria necia, la soberbia, el orgullo insensato y la ira. Pongamos en práctica lo que está escrito. Dice, en efecto, el Espíritu Santo: No se glorie el sabio en su sabiduría, ni el fuerte en su fuerza, ni el rico en sus riquezas, sino que quien quiera gloriarse se gloríe en el Señor, buscándolo y practicando el derecho y la justicia (cf. Jer 9, 23-24; 1 Cor 1, 31, etc.).
Recordemos sobre todo las palabras del Señor Jesús, cuando exhortaba a la mansedumbre y a la paciencia: Sed misericordiosos para obtener misericordia; perdonad, porque también a vosotros se os perdone; como tratéis a los otros, así seréis tratados también vosotros; dad y seréis recompensados; no juzguéis y no seréis juzgados; sed benevolentes y experimentaréis la benevolencia; con la misma medida con que midáis a los otros, seréis medidos también vosotros (cf. Mt 5, 7; 6, 14; 7, 1. 2. 12, etc.).
Permanezcamos firmes en esta línea y adherámonos a estos mandamientos. Caminemos siempre con toda humildad en la obediencia a las santas palabras. Dice, en efecto, un texto sagrado: ¿En quién pondré mi mirada sino en el que es humilde y pacífico y teme mis palabras? (cf. Is 66, 2).
Por tanto, habiendo vivido grandes e ilustres acontecimientos, corramos hacia la meta de la paz, preparada para nosotros desde el principio. Fijemos firmemente la mirada en el Padre y Creador de todo el mundo, y aspiremos vivamente a sus dones maravillosos y a sus beneficios incomparables.

De la «Carta a los Corintios» de san Clemente I, papa