Las palabras de nuestro Señor Jesucristo nos quieren recordar que existe una única meta a la que tendemos, cuando nos afanamos en las diversas ocupaciones de este mundo. A ella tendemos mientras somos peregrinos y aún no estamos establecidos; en camino y aún no en la patria; en el deseo y aún no en la satisfacción. Pero debemos tender a ella sin pereza y sin interrupción, para poder llegar finalmente un día a la meta. Marta y María eran dos hermanas, no solo en el plano de la naturaleza, sino también en el de la religión; ambas honraban a Dios, ambas servían al Señor presente en la carne en perfecta armonía de sentimientos. Marta lo recibió como se suele recibir a los peregrinos, y sin embargo recibió al Señor como sierva, al Salvador como enfermo, al Creador como criatura; lo recibió para nutrirlo en su cuerpo mientras ella debía nutrirse con el Espíritu. El Señor quiso, en efecto, tomar la forma de esclavo y ser nutrido en esta forma por los siervos, por dignación y no por condición. En efecto, también esto fue una dignación, es decir, ofrecerse para ser nutrido: tenía un cuerpo en el que sentía hambre y sed.
Así, pues, el Señor fue recibido como huésped, él que «vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1, 11-12). Ha adoptado a siervos y los ha hecho hermanos, ha redimido a cautivos y los ha constituido coherederos. Sin embargo, ninguno de vosotros se atreva a exclamar: «¡Dichosos los que han merecido recibir a Cristo en su propia casa!». No te lamentes, no recrimines porque naciste en un tiempo en el que no puedes ver al Señor en la carne. Él no te ha privado de este honor, porque ha asegurado: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos más míos, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).
Además, tú, Marta, que sea dicho con tu buena paz, tú, ya bendecida por tu encomiable servicio, como recompensa pides el descanso. Ahora estás inmersa en múltiples asuntos, quieres restaurar cuerpos mortales, aunque sean de personas santas. Pero dime: ¿Cuando llegues a esa patria, encontrarás al peregrino para recibirlo como huésped? ¿Encontrarás al hambriento a quien partir el pan? ¿Al sediento a quien ofrecer de beber? ¿Al enfermo a quien visitar? ¿Al litigante a quien reconducir a la paz? ¿Al muerto a quien sepultar?
Allá no habrá lugar para todo esto. Y entonces, ¿qué habrá? Lo que eligió María: allí seremos nutridos, no nutriremos. Por eso será completo y perfecto lo que aquí María ha elegido: de aquella rica mesa recogía las migajas de la palabra del Señor. ¿Y queréis saber de verdad lo que habrá allí? El mismo Señor afirma de sus siervos: «En verdad os digo que se pondrá el cinturón, los hará sentar a la mesa y pasará a servirles» (Lc 12, 37).
De los «Discursos» de san Agustín, obispo
Así, pues, el Señor fue recibido como huésped, él que «vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1, 11-12). Ha adoptado a siervos y los ha hecho hermanos, ha redimido a cautivos y los ha constituido coherederos. Sin embargo, ninguno de vosotros se atreva a exclamar: «¡Dichosos los que han merecido recibir a Cristo en su propia casa!». No te lamentes, no recrimines porque naciste en un tiempo en el que no puedes ver al Señor en la carne. Él no te ha privado de este honor, porque ha asegurado: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos más míos, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).
Además, tú, Marta, que sea dicho con tu buena paz, tú, ya bendecida por tu encomiable servicio, como recompensa pides el descanso. Ahora estás inmersa en múltiples asuntos, quieres restaurar cuerpos mortales, aunque sean de personas santas. Pero dime: ¿Cuando llegues a esa patria, encontrarás al peregrino para recibirlo como huésped? ¿Encontrarás al hambriento a quien partir el pan? ¿Al sediento a quien ofrecer de beber? ¿Al enfermo a quien visitar? ¿Al litigante a quien reconducir a la paz? ¿Al muerto a quien sepultar?
Allá no habrá lugar para todo esto. Y entonces, ¿qué habrá? Lo que eligió María: allí seremos nutridos, no nutriremos. Por eso será completo y perfecto lo que aquí María ha elegido: de aquella rica mesa recogía las migajas de la palabra del Señor. ¿Y queréis saber de verdad lo que habrá allí? El mismo Señor afirma de sus siervos: «En verdad os digo que se pondrá el cinturón, los hará sentar a la mesa y pasará a servirles» (Lc 12, 37).
De los «Discursos» de san Agustín, obispo