En la Iglesia de Cristo, incluso el más pequeño está unido a la Cabeza

Toda la Iglesia de Dios está ordenada en grados jerárquicos distintos, de modo que el entero cuerpo sagrado sea formado por miembros diversos. Pero, como dice el Apóstol, todos nosotros somos uno en Cristo (cf. Gal 3, 28). La división de los oficios no es tal que impida que cada parte, por pequeña que sea, esté unida con la cabeza. Por la unidad de la fe y del bautismo existe, pues, entre nosotros, carísimos, una comunión indisoluble sobre la base de una común dignidad. Lo afirma el apóstol Pedro: «También vosotros, como piedras vivas, sois edificados en casa espiritual para ser sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo» (1 Pt 2, 5), y más adelante: «Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 Pt 2, 9). Todos los que son renacidos en Cristo consiguen dignidad real por el signo de la cruz. Con la unción del Espíritu Santo luego son consagrados sacerdotes. No hay, pues, solo ese servicio específico propio de nuestro ministerio, porque todos los cristianos están revestidos de un carisma espiritual y sobrenatural, que los hace partícipes del linaje real y del oficio sacerdotal. ¿No es acaso función real el hecho de que un alma, sometida a Dios, gobierne su cuerpo? ¿No es acaso función sacerdotal consagrar al Señor una conciencia pura y ofrecerle sobre el altar del corazón los sacrificios inmaculados de nuestro culto? Por gracia de Dios estas funciones son comunes a todos. Pero de vuestra parte es cosa santa y loable que os alegréis por el día de nuestra elección como de un vuestro honor personal. Así todo el cuerpo de la Iglesia reconoce que el carácter sagrado de la dignidad pontificia es único. Mediante la unción santificadora, él refluye ciertamente con mayor abundancia en los grados más altos de la jerarquía, pero desciende también en considerable medida en los más bajos.

León Magno, papa