«A vosotros os ha sido concedida la gracia no solo de creer en Cristo, sino también de padecer por él» (Flp 1, 29).
El diácono Vicente había recibido estos dos dones y los custodiaba. Si no los hubiera recibido, ¿qué habría tenido? Tenía valor para hablar, tenía fuerza para padecer.
Ninguno se atribuya a sí mismo cuando habla. Ninguno confíe en sus fuerzas cuando soporta una tentación, porque, para hablar bien, la sabiduría viene de Dios y, para soportar los males, de él viene la fortaleza,
Recordad al Señor Cristo cuando en el evangelio amonesta a sus discípulos. Recordad al rey de los mártires que provee a sus huestes de armas espirituales, hace entrever la guerra, presta ayuda, promete el premio. Él que había dicho a sus discípulos: «Tendréis tribulación en el mundo» (Jn 16, 33), inmediatamente después, para consolarlos, porque se habían espantado, añadió: «Tened confianza; yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).
¿Por qué, pues, nos maravillamos, carísimos, si Vicente ha triunfado en aquel que ha vencido al mundo? Dijo Jesús: «Tendréis tribulación en el mundo». Estad seguros, sin embargo, de que si pisa, no aplasta; si asalta, no logra la victoria. El mundo libra una doble batalla contra los soldados de Cristo: halaga para engañar, espanta para quebrantar.
No nos detenga nuestro placer, no nos espante la crueldad de los otros, y así triunfaremos sobre el mundo.
Cristo se nos hace al encuentro en las dos entradas, la del placer y la de la crueldad, y así el cristiano no viene vencido. Si en este martirio se considera la fuerza humana en la sufrimiento, el hecho permanece increíble. Pero si se reconoce la potencia divina, no despierta ya maravilla.
Cuánta era la refinada crueldad con la que se infernaba al cuerpo del mártir, tanta era la tranquilidad que se traslucía de su voz. Cuánta era la aspereza con la que se incruelaba sobre sus miembros, tanta era la seguridad que se expresaba en sus palabras. Se habría pensado que, mientras Vicente sufría su pasión, uno experimentaba la tortura y otro distinto hablaba.
Y sucedía verdaderamente así, hermanos. Sucedía precisamente así: otro hablaba. En efecto, Cristo en el evangelio ha prometido también esto a sus testigos, preparándolos para la batalla. Esta fue su recomendación: «No os preocupéis de cómo o de qué habréis de decir, porque se os sugerirá en aquel momento lo que habréis de decir: no sois, en efecto, vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros» (Mt 10, 19-20).
El cuerpo, pues, era torturado y el Espíritu hablaba, y a las palabras del Espíritu no solo la impiedad era refutada, sino también la debilidad era fortalecida.
De los «Discursos» de san Agustín, obispo
El diácono Vicente había recibido estos dos dones y los custodiaba. Si no los hubiera recibido, ¿qué habría tenido? Tenía valor para hablar, tenía fuerza para padecer.
Ninguno se atribuya a sí mismo cuando habla. Ninguno confíe en sus fuerzas cuando soporta una tentación, porque, para hablar bien, la sabiduría viene de Dios y, para soportar los males, de él viene la fortaleza,
Recordad al Señor Cristo cuando en el evangelio amonesta a sus discípulos. Recordad al rey de los mártires que provee a sus huestes de armas espirituales, hace entrever la guerra, presta ayuda, promete el premio. Él que había dicho a sus discípulos: «Tendréis tribulación en el mundo» (Jn 16, 33), inmediatamente después, para consolarlos, porque se habían espantado, añadió: «Tened confianza; yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).
¿Por qué, pues, nos maravillamos, carísimos, si Vicente ha triunfado en aquel que ha vencido al mundo? Dijo Jesús: «Tendréis tribulación en el mundo». Estad seguros, sin embargo, de que si pisa, no aplasta; si asalta, no logra la victoria. El mundo libra una doble batalla contra los soldados de Cristo: halaga para engañar, espanta para quebrantar.
No nos detenga nuestro placer, no nos espante la crueldad de los otros, y así triunfaremos sobre el mundo.
Cristo se nos hace al encuentro en las dos entradas, la del placer y la de la crueldad, y así el cristiano no viene vencido. Si en este martirio se considera la fuerza humana en la sufrimiento, el hecho permanece increíble. Pero si se reconoce la potencia divina, no despierta ya maravilla.
Cuánta era la refinada crueldad con la que se infernaba al cuerpo del mártir, tanta era la tranquilidad que se traslucía de su voz. Cuánta era la aspereza con la que se incruelaba sobre sus miembros, tanta era la seguridad que se expresaba en sus palabras. Se habría pensado que, mientras Vicente sufría su pasión, uno experimentaba la tortura y otro distinto hablaba.
Y sucedía verdaderamente así, hermanos. Sucedía precisamente así: otro hablaba. En efecto, Cristo en el evangelio ha prometido también esto a sus testigos, preparándolos para la batalla. Esta fue su recomendación: «No os preocupéis de cómo o de qué habréis de decir, porque se os sugerirá en aquel momento lo que habréis de decir: no sois, en efecto, vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros» (Mt 10, 19-20).
El cuerpo, pues, era torturado y el Espíritu hablaba, y a las palabras del Espíritu no solo la impiedad era refutada, sino también la debilidad era fortalecida.
De los «Discursos» de san Agustín, obispo