Cristo apareció al mundo y, poniendo orden en el mundo desordenado, lo hizo bello. Tomó sobre sí el pecado del mundo y echó fuera al enemigo del mundo; santificó las fuentes de las aguas e iluminó las almas de los hombres. A milagros añadió milagros siempre más grandes.
Hoy la tierra y el mar se han repartido la gracia del Salvador, y el mundo entero está lleno de alegría, porque el día presente nos muestra un número mayor de milagros que en la fiesta anterior. En efecto, en el día solemne de la pasada Navidad del Señor la tierra se regocijaba, porque llevaba al Señor en un pesebre; en el presente día de la Epifanía el mar se estremece de gozo; salta de alegría porque ha recibido en medio del Jordán las bendiciones de la santificación.
En la pasada solemnidad nos era presentado como un pequeño niño, que mostraba nuestra imperfección; en la fiesta de hoy se le ve hombre maduro que deja entrever a aquel que, perfecto, procede del perfecto. En aquella el rey se vistió de la púrpura del cuerpo; en esta la fuente rodea al río y casi lo cubre. ¡Vamos, pues! Ved los estupendos milagros: el sol de justicia que se lava en el Jordán, el fuego sumergido en las aguas y Dios santificado por un hombre.
Hoy la criatura canta himnos y grita: "Bendito el que viene en el nombre del Señor" (Sal 117, 26). Bendito el que viene en todo tiempo, porque no vino ahora por primera vez... ¿Y quién es este? Dilo claramente tú, oh bienaventurado David: Es el Señor Dios y brilló para nosotros (cf. Sal 117, 27). Y no solamente el profeta David dice esto, sino que también el apóstol Pablo le hace eco con su testimonio y estalla en estas palabras: Apareció la gracia salvadora de Dios a todos los hombres para amonestarnos (cf. Tt 2, 11). No a algunos, sino a todos. A todos, en efecto, judíos y griegos, da la gracia salvadora del bautismo, ofreciendo a todos el bautismo como un beneficio común.
¡Vamos, mirad el extraño diluvio, más grande y más precioso que el diluvio que vino en tiempos de Noé. Entonces el agua del diluvio hizo perecer al género humano; ahora en cambio el agua del bautismo, por la potencia de aquel que fue bautizado, devuelve a la vida a los muertos. Entonces la paloma, llevando en el pico una rama de olivo, indicó la fragancia del perfume de Cristo Señor; ahora en cambio el Espíritu Santo, descendiendo en forma de paloma, nos muestra al propio Señor, lleno de misericordia hacia nosotros.
San Proclo, obispo de Constantinopla