Así como llevamos la imagen del hombre terrenal, también llevaremos la imagen del hombre celestial; porque el primer hombre, tomado de la tierra, es terrenal, y el segundo hombre viene del cielo y es celestial (cf. 1 Cor 15, 47-49). Actuando de esta manera, queridísimos, no moriremos jamás. Aunque este cuerpo sea presa de la corrupción, viviremos en Cristo, como él mismo ha dicho: «El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11, 25).
Seamos, pues, ciertos, por la palabra de Dios, de que Abraham, Isaac, Jacob y todos los santos de Dios viven. El Señor ha dicho efectivamente que viven, porque el que es su Dios es Dios de los vivos y no de los muertos (cf. Mt 22, 32). Hablando de sí mismo, el Apóstol afirma: Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia: deseo morir y estar con Cristo (cf. Flp 1, 21-23). Y también: «Mientras habitamos en el cuerpo, estamos desterrados lejos del Señor; caminamos por la fe y no por la visión» (2 Cor 5, 6).
Esta es nuestra fe, queridísimos hermanos. De lo contrario: si ponemos nuestra esperanza solamente en este mundo, somos los más dignos de lástima de todos los hombres (cf. 1 Cor 15, 19). Nuestra vida material, como vosotros mismos podéis observar, tiene la misma duración que la de las fieras, de los animales, de las aves y quizás menor. La característica del hombre, en cambio, es obtener lo que Cristo ha dado por medio de su Espíritu, la vida eterna, a condición, sin embargo, de que no pequemos más. Como la muerte viene a causa del pecado, así de la muerte somos liberados por medio de la santidad; la vida se pierde con el pecado, mientras que es salvada por la santidad. «El salario del pecado es la muerte, pero el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 6, 23).
Él, él es quien nos ha redimido, perdonándonos, como dice el Apóstol, todos nuestros pecados y anulando el documento escrito de nuestra deuda, cuyas condiciones nos eran desfavorables. Lo ha quitado de en medio clavándolo en la cruz. Despojándose de la carne, ha privado de su fuerza a los Principados y a las Potestades, y ha hecho de ellas un espectáculo público tras su cortejo triunfal (cf. Col 2, 13-15). Liberó a aquellos que estaban atados con cadenas y rompió sus grilletes, como David había profetizado: el Señor levanta a los que han caído, el Señor desata a los que están atados, el Señor ilumina a los ciegos (cf. Sal 145, 7-8). Y también: «Has roto mis cadenas. A ti ofreceré sacrificios de alabanza» (Sal 115, 16-17). Hemos sido, pues, desatados de nuestras cadenas cuando, mediante el sacramento del bautismo, nos hemos reunido bajo el estandarte de Cristo, renunciando al diablo y a todos sus secuaces, a quienes habíamos servido hasta entonces. Fuimos liberados de ellos en el nombre y con la sangre de Cristo; no debemos, por tanto, ser ya sus esclavos.
Por eso, queridísimos, recordemos que somos lavados una sola vez; una sola vez somos liberados y una sola vez entramos en el reino eterno. Una sola vez son bienaventurados aquellos a quienes se les perdonan las faltas y se les perdona el pecado (cf. Sal 31, 1). Afirmad bien aquello que habéis recibido, guardadlo en la alegría; no queráis pecar más. Conservaos puros e inmaculados para el día del Señor.
San Paciano, obispo
Del «Discurso sobre el bautismo»