Nuestro Salvador, carísimos, hoy ha nacido: ¡alegrémonos! No hay lugar para la tristeza en el día en que nace la vida, una vida que destruye el miedo a la muerte y da la alegría de las promesas eternas. Nadie está excluido de esta felicidad: la causa de la alegría es común a todos porque nuestro Señor, vencedor del pecado y de la muerte, no habiendo encontrado a nadie libre de la culpa, vino para la liberación de todos. Exulte el santo, porque se acerca al premio; goce el pecador, porque se le ha ofrecido el perdón; recupere el ánimo el pagano, porque es llamado a la vida.
El Hijo de Dios, en efecto, llegada la plenitud de los tiempos que el inescrutable designio divino había dispuesto, queriendo reconciliar con su Creador la naturaleza humana, la asumió él mismo para que el diablo, portador de la muerte, fuera vencido por esa misma naturaleza que antes él había hecho esclava. Así, al nacimiento del Señor, los ángeles cantan exultantes: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor» (Lc 2, 14). Ellos ven que la Jerusalén celestial está formada por todos los pueblos del mundo. De esta obra inefable del amor divino, de la cual tanto se gozan los ángeles en su altura, ¿cuánto no debe alegrarse la humanidad en su miseria? Oh carísimos, demos gracias a Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo, porque en la infinita misericordia con la que nos ha amado, tuvo compasión de nosotros y, mientras estábamos muertos por nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo (cf. Ef 2, 5) para que fuéramos en él criatura nueva, nueva obra de sus manos.
Depongamos, pues, «el hombre viejo con su conducta anterior» (Ef 4, 22) y, puesto que somos partícipes de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne. Reconoce, cristiano, tu dignidad y, hecho partícipe de la naturaleza divina, no quieras volver a la abyección de antes con una conducta indigna. Recuerda quién es tu Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro. Recuerda que, arrancado al poder de las tinieblas, has sido trasladado a la luz del reino de Dios. Con el sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo. No hagas huir a un huésped tan ilustre con una conducta reprobable y no te sometas de nuevo a la esclavitud del demonio. Recuerda que el precio pagado por tu rescate es la sangre de Cristo.
De los «Discursos» de san León Magno, papa
El Hijo de Dios, en efecto, llegada la plenitud de los tiempos que el inescrutable designio divino había dispuesto, queriendo reconciliar con su Creador la naturaleza humana, la asumió él mismo para que el diablo, portador de la muerte, fuera vencido por esa misma naturaleza que antes él había hecho esclava. Así, al nacimiento del Señor, los ángeles cantan exultantes: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor» (Lc 2, 14). Ellos ven que la Jerusalén celestial está formada por todos los pueblos del mundo. De esta obra inefable del amor divino, de la cual tanto se gozan los ángeles en su altura, ¿cuánto no debe alegrarse la humanidad en su miseria? Oh carísimos, demos gracias a Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo, porque en la infinita misericordia con la que nos ha amado, tuvo compasión de nosotros y, mientras estábamos muertos por nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo (cf. Ef 2, 5) para que fuéramos en él criatura nueva, nueva obra de sus manos.
Depongamos, pues, «el hombre viejo con su conducta anterior» (Ef 4, 22) y, puesto que somos partícipes de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne. Reconoce, cristiano, tu dignidad y, hecho partícipe de la naturaleza divina, no quieras volver a la abyección de antes con una conducta indigna. Recuerda quién es tu Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro. Recuerda que, arrancado al poder de las tinieblas, has sido trasladado a la luz del reino de Dios. Con el sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo. No hagas huir a un huésped tan ilustre con una conducta reprobable y no te sometas de nuevo a la esclavitud del demonio. Recuerda que el precio pagado por tu rescate es la sangre de Cristo.
De los «Discursos» de san León Magno, papa