A Dios le convenía un nacimiento de este tipo: que no naciera sino de la Virgen; también a la Virgen le convenía un parto tal: que no diera a luz sino a Dios. Por eso el Creador de los hombres, que estaba por nacer del hombre para hacerse hombre, tuvo que elegir entre todas las mujeres, o mejor, crear una madre tal, como sabía que le convenía y que le agradaría.
Quiso, pues, que fuera virgen. Él, inmaculado, quiso nacer de la Inmaculada, porque debía lavar las manchas de todos. Él, manso y humilde de corazón, quiso venir de una madre llena de mansedumbre y de humildad, porque debía ofrecerse a cada uno como modelo de tales virtudes, útiles, o mejor, necesarias para la salvación. Concedió el don de la maternidad a la Virgen, él que le había inspirado el voto de virginidad y la había enriquecido con los méritos de la humildad.
De otro modo, ¿cómo habría podido el Ángel proclamarla llena de gracia, si hubiera tenido algo, aunque fuera pequeño, que no fuera de la gracia? Ella, que estaba por concebir al Santo de los santos y estaba a punto de darle a luz, para que fuera santo en el cuerpo, recibió el don de la virginidad y, para que lo fuera también en el alma, recibió el de la humildad.
La Virgen de estirpe real, adornada con joyas de santidad y resplandeciente con el doble belleza del alma y del cuerpo, conocida en las moradas celestiales por sus dotes y su belleza, atrajo sobre sí la mirada de los ciudadanos del cielo y captó sobre su persona la mirada del Rey, que la hizo objeto de su elección y destinataria del mensaje angelical. 
«El ángel Gabriel fue enviado», dice, «a una virgen» (Lc 1, 26-27): virgen en el cuerpo, virgen en el alma, virgen por voto, virgen en fin, tal como la describe el Apóstol, santa en el alma y en el cuerpo; y no descubierta de reciente ni por casualidad, sino elegida desde la eternidad, conocida de antemano por el Altísimo y preparada para él, custodiada por los ángeles, prefigurada por los padres, prometida por los profetas.

De la «Homilía en alabanza de la Virgen Madre» de san Bernardo, abad