El Señor Jesucristo, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, habiendo dado gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, dio gracias y dijo: Tomad y bebed; esto es mi sangre (cf. 1 Cor 11, 23). Pues si él ha proclamado y dicho del pan: «Esto es mi cuerpo», ¿quién se atreverá aún a dudar? Y si él ha afirmado y dicho: «Esto es mi sangre», ¿quién dudará, afirmando que no es su sangre?
Por tanto, recíbelos con toda certeza como cuerpo y sangre de Cristo. En el signo del pan te es dado el cuerpo, y en el signo del vino te es dada la sangre, para que, recibiendo el cuerpo y la sangre de Cristo, te hagas consustancial y consanguíneo de Cristo. Habiendo recibido en nosotros su cuerpo y su sangre, nos convertimos en portadores de Cristo, o mejor, según san Pedro, llegamos a ser partícipes de la naturaleza divina.
Un día Cristo, discutiendo con los judíos, dijo: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros (cf. Jn 6, 53). Y como ellos no entendieron en el sentido espiritual correcto las cosas dichas, se marcharon escandalizados, pensando que les exhortaba a comer carne.
Había también en la antigua alianza los panes de la proposición, pero como pertenecían al Antiguo Testamento, tuvieron fin. En el Nuevo Testamento hay un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican el alma y el cuerpo. Así como el pan hace bien al cuerpo, así también la Palabra aprovecha inmensamente al alma.
Por tanto, no mires al pan y al vino eucarísticos como si fueran elementos simples y comunes. Son el cuerpo y la sangre de Cristo, según la afirmación del Señor. Aunque los sentidos te hagan dudar, la fe debe hacerte cierto y seguro.
Debidamente instruido en estas cosas y animado por una fe muy firme, cree que lo que parece pan no es pan, aunque al gusto lo sea, sino cuerpo de Cristo. Cree que lo que parece vino no es vino, aunque así se presente al paladar, sino sangre de Cristo. De estas realidades divinas ya en antiguo David decía en los Salmos: «El pan que sostiene su vigor y el aceite que hace brillar su rostro» (Sal 103, 15). Pues bien, sostiene tu alma, tomando ese pan como pan espiritual, y haz brillar el rostro de tu alma.
Quiera el cielo que, con el rostro iluminado por una conciencia pura, contemples la gloria del Señor como en un espejo, y avances de gloria en gloria, en Cristo Jesús, Señor nuestro. A él honor, poder y gloria por los siglos de los siglos. Amén

De las «Catequesis» de Jerusalén