Con alegría y gozo celebramos hoy, hermanos carísimos, el día natalicio de esta iglesia: pero el templo vivo y verdadero de Dios debemos serlo nosotros. Esto es sin duda cierto. Sin embargo, los pueblos cristianos acostumbran celebrar la solemnidad de la iglesia matriz, porque saben que es precisamente en ella donde han renacido espiritualmente.
En el primer nacimiento éramos copas de la ira de Dios; el segundo nacimiento nos ha hecho cálices de su amor misericordioso. El primer nacimiento nos condujo a la muerte; el segundo nos ha llamado a la vida. Antes del bautismo todos nosotros éramos, o carísimos, templo del diablo. Después del bautismo hemos merecido llegar a ser templo de Cristo. Si reflexionamos un poco más atentamente sobre la salvación de nuestra alma, no tendremos dificultad en comprender que somos el verdadero y vivo templo de Dios. «Dios no habita en templos hechos por manos de hombres» (Hch 17, 24), ni en casas hechas de madera y de piedra, sino sobre todo en el alma creada a su imagen por mano del mismo Autor de todas las cosas. El gran apóstol Pablo dijo: «Santo es el templo de Dios, que sois vosotros» (1 Cor 3, 17). Ya que Cristo con su venida ha echado al diablo de nuestro corazón para prepararse un templo dentro de nosotros, esforcémonos, con su ayuda, a hacer cuanto está en nuestro poder, para que este templo no sufra ningún daño por nuestras malas acciones. Quien se comporta mal, ofende a Cristo. Antes de que Cristo nos redimiera, como ya he dicho, nosotros éramos morada del diablo. Después hemos merecido llegar a ser la casa de Dios, solo porque él se ha dignado hacer de nosotros su morada.
Si, pues, o carísimos, queremos celebrar con alegría el día natalicio de nuestra iglesia, no debemos destruir con nuestras obras malas el templo viviente de Dios. Hablaré de modo que todos puedan comprenderme: todas las veces que venimos a la iglesia, ordenemos nuestras almas así como quisiéramos encontrar el templo de Dios. ¿Quieres encontrar una basílica resplandeciente? No manches tu alma con las inmundicias del pecado. Si tú quieres que la basílica esté llena de luz, recuerda que también Dios quiere que en tu alma no haya tinieblas. Haz más bien que en ella, como dice el Señor, resplandezca la luz de las obras buenas, para que sea glorificado el que está en los cielos. Como tú entras en esta iglesia, así Dios quiere entrar en tu alma. Lo afirmó él mismo cuando dijo: Habitaré en medio de ellos y caminaré con ellos (cf. Lv 26, 11. 12).

De los «Discursos» de san Cesario de Arles, obispo