Sentido de responsabilidad en el ministerio. Oigamos lo que dice el Señor al enviar a los predicadores: «La mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 37-38).
Para una mies tan grande, los obreros son pocos; no podemos hablar de esta escasez sin profunda tristeza, ya que hay personas que escucharían la buena palabra, pero faltan predicadores. He aquí, el mundo está lleno de sacerdotes, y, sin embargo, rara vez se encuentra a quien trabaje en la mies del Señor; hemos asumido el oficio sacerdotal, pero no cumplimos las obras que el oficio comporta.
Reflexionad atentamente, hermanos carísimos, sobre lo que está escrito: «Rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies». Rogad vosotros por nosotros, para que seamos capaces de obrar por vosotros como conviene, para que la lengua no se quede trabada al exhortar, y nuestro silencio no nos condene ante el justo juez, nosotros que hemos asumido el oficio de predicadores. A menudo, en efecto, la lengua de los predicadores pierde su fluidez a causa de sus culpas; a menudo, en cambio, se les quita la posibilidad de predicar a quienes están al frente, por culpa de los fieles.
La lengua de los predicadores es impedida por su maldad, según dice el salmista: «Al impío Dios dice: ¿Por qué repites mis decretos?» (Sal 49, 16).
Otras veces, la voz de los predicadores es obstaculizada culpablemente por los fieles, como el Señor dice a Ezequiel: «Haré que tu lengua se pegue al paladar y quedarás mudo. Así no serás para ellos uno que los reprende, porque son una generación de rebeldes» (Ez 3, 26). Como a decir: Te es quitada la palabra de la predicación, porque el pueblo no es digno de escuchar la exhortación de la verdad, ese pueblo que en su actuar me es rebelde. No es siempre fácil saber por culpa de quién al predicador le es quitada la palabra. Pero se sabe con toda certeza que el silencio del pastor daña a veces a él mismo, y siempre a los fieles a él sujetos.
Hay otras cosas, hermanos carísimos, que me entristecen profundamente sobre el modo de vivir de los pastores. Y para que no parezca ofensivo para alguien lo que voy a decir, acuso al mismo tiempo también a mí, aunque me encuentro en este puesto no ciertamente por mi libre elección, sino más bien forzado por los tiempos calamitosos en los que vivimos. Nos hemos enredado en asuntos terrenales, y otra cosa es lo que hemos asumido con el oficio sacerdotal, otra lo que mostramos con los hechos. Nosotros abandonamos el ministerio de la predicación y somos llamados obispos, pero quizás más bien a nuestra condenación, dado que poseemos el título honorífico y no las cualidades. Aquellos que nos han sido encomendados abandonan a Dios y nosotros callamos. Yacen en sus pecados y nosotros no les tendemos la mano para corregirlos. Pero ¿cómo será posible que nosotros enmiendemos la vida de los otros, si descuidamos la nuestra? Todos volcados a las faenas terrenales, nos volvemos tanto más insensibles interiormente, cuanto más parecemos atentos a los asuntos exteriores. Bien por esto la santa Iglesia dice de sus miembros enfermos: «Me pusieron a guardiana de las viñas; mi viña, la mía, no la he custodiado» (Ct 1, 6). Puestos a custodios de las viñas, no custodiamos en absoluto la viña, porque, implicados en acciones ajenas, descuidamos el ministerio que deberíamos cumplir.

San Gregorio Magno, papa