Jesús corre espontáneamente al encuentro de aquellos sufrimientos que habían sido predichos a su respecto; él los había anunciado a menudo a sus discípulos, e incluso había reprendido a Pedro por no recibir con gusto su anuncio, y había demostrado que la salvación del mundo debía realizarse por medio de ellos. Por esto se ofreció a sí mismo a aquellos que venían a tomarlo: Yo soy el que buscáis (cf. Jn 18, 5).
&El;, acusado, no respondió y, pudiendo esconderse, no quiso hacerlo, aunque muchas veces, en otras circunstancias, se había alejado cuando le tendían emboscadas. Además lloró sobre Jerusalén, que con su incredulidad le procuraba la muerte, y condenó a la total destrucción el templo, a pesar de ser tan célebre. Soportó ser golpeado en la cabeza por un hombre doblemente servil. Fue abofeteado, escupido, vituperado, torturado, azotado, y finalmente crucificado. Aceptó como compañeros de suplicio a unos ladrones a un lado y al otro, y fue considerado al nivel de los homicidas y de los malvados. Recibió vinagre y hiel de una vid maligna, y fue coronado de espinas en lugar de de sarmientos de vid y de racimos de uva. Vestido con un manto de púrpura, se convirtió en rey burlón, y fue golpeado con una caña. Su costado fue perforado por la lanza. Finalmente fue puesto en el sepulcro.
Todo esto quiso padecer por nuestra salvación.
Puesto que aquellos que se habían dejado dominar por el pecado habían sido sometidos a los castigos del pecado, él, inmune por sí mismo de todo pecado, después de haber recorrido todo el camino de la justicia, se sometió al suplicio de los pecadores, destruyendo con su cruz el decreto de la antigua maldición. «Cristo», dice Pablo, «nos ha redimido de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, como está escrito: Maldito todo el que pende del madero» (Gal 3, 13; cf. Dt 21, 23), y con la corona de espinas puso fin a los castigos de Adán, aquellos castigos que había oído anunciar después del pecado: Maldita la tierra por causa tuya: espinas y abrojos te producirá (cf. Gn 3, 17-18). Con la hiel él reunió en sí mismo la amargura y los dolores de la vida mortal y los sufrimientos de los hombres. Con el vinagre él se atribuyó a sí mismo la perversión de los hombres, y les procuró el retorno a mejores condiciones. Con la púrpura simbolizó el reino, con la caña indicó la debilidad y la caducidad del poder del diablo, con el abofetazo manifestó nuestra liberación, tomando siempre sobre sí los castigos, las correcciones y los golpes que nos eran debidos. Del costado abierto, sin embargo, no tuvo origen, como ya del de Adán, la mujer que con su pecado engendró la muerte, sino que brotó la fuente de la vida que vivifica al mundo con dos riachuelos. El uno nos renueva en el bautisterio y nos da una vida inmortal. El otro sirve para nutrirnos después de nuestro nacimiento, y precisamente en la mesa divina, como hace la leche que sostiene y hace crecer a los niños.

Del «Tratado sobre la Encarnación del Señor» de Teófilo, obispo de Ciro