«Yo soy el buen pastor» (Jn 10, 11). A Cristo le corresponde claramente ser pastor. En efecto, así como el rebaño común es guiado y apacentado por el pastor, así los fieles son restaurados por Cristo con un alimento espiritual, con su cuerpo y su sangre. «En otro tiempo», dice el Apóstol, «errabais como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas» (1 Pt 2, 25). Y el profeta: «Como un pastor apacienta su rebaño» (Is 40, 11).
Ma, puesto que Cristo dijo que el pastor entra por la puerta y que él es la puerta, mientras aquí dice ser el pastor, se sigue que él entra a través de sí mismo. Y verdaderamente entra a través de sí mismo, porque se revela a sí mismo y por sí mismo conoce al Padre. Nosotros, en cambio, entramos por él, porque por él somos hechos bienaventurados.
Ma observa que nadie, fuera de él, es la puerta, porque nadie es la verdadera luz, sino que la posee solo en cuanto le es comunicada por él. «Él no era la luz», se dice de Juan Bautista, «sino que debía dar testimonio de la luz» (Jn 1, 8).
En cambio, de Cristo se dice: «Venía al mundo la luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Jn 1, 9). Y por eso nadie dice de sí mismo ser la puerta. Esto, Cristo lo reservó solo para sí mismo. Mientras que comunicó a otros la tarea de ser pastores. En efecto, Pedro fue pastor, lo fueron los otros apóstoles, lo son los buenos obispos. «Os daré, dice la Escritura, pastores según mi corazón» (Jer 3, 15). Aunque, en efecto, los jefes de la Iglesia, que son sus hijos, todos sean pastores, sin embargo dice serlo él de manera singular: «Yo soy el buen pastor», con el fin de introducir con dulzura la virtud de la caridad. No se puede ser, en efecto, buen pastor si no se llega a ser una cosa sola con Cristo y sus miembros mediante la caridad. La caridad es el primer deber del buen pastor, por eso dice: «El buen pastor da la vida por las ovejas» (Jn 10, 11). En efecto, hay diferencia entre el buen pastor y el malo: el buen pastor tiene en mira el bien del rebaño, mientras que el malo el suyo propio.
En los guardas de ovejas no se exige que, para ser juzgados buenos, expongan su propia vida por la salvación del rebaño. Pero puesto que la salvación del rebaño espiritual tiene mayor peso que la vida corporal del pastor, cuando se avecina el peligro del rebaño, todo pastor espiritual debe afrontar el sacrificio de la vida corporal. Esto dice el Señor: «El buen Pastor da su vida por sus ovejas». Él consagra a ellas su persona en el ejercicio de la autoridad y de la caridad. Se exigen ambas cosas: que le obedezcan y que las ame. En efecto, la primera sin la segunda no es suficiente.
Cristo nos ha dado el ejemplo de esta enseñanza: «Si Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3, 16).
De la «Exposición sobre Juan» de San Tomás de Aquino, sacerdote
Ma, puesto que Cristo dijo que el pastor entra por la puerta y que él es la puerta, mientras aquí dice ser el pastor, se sigue que él entra a través de sí mismo. Y verdaderamente entra a través de sí mismo, porque se revela a sí mismo y por sí mismo conoce al Padre. Nosotros, en cambio, entramos por él, porque por él somos hechos bienaventurados.
Ma observa que nadie, fuera de él, es la puerta, porque nadie es la verdadera luz, sino que la posee solo en cuanto le es comunicada por él. «Él no era la luz», se dice de Juan Bautista, «sino que debía dar testimonio de la luz» (Jn 1, 8).
En cambio, de Cristo se dice: «Venía al mundo la luz verdadera, que alumbra a todo hombre» (Jn 1, 9). Y por eso nadie dice de sí mismo ser la puerta. Esto, Cristo lo reservó solo para sí mismo. Mientras que comunicó a otros la tarea de ser pastores. En efecto, Pedro fue pastor, lo fueron los otros apóstoles, lo son los buenos obispos. «Os daré, dice la Escritura, pastores según mi corazón» (Jer 3, 15). Aunque, en efecto, los jefes de la Iglesia, que son sus hijos, todos sean pastores, sin embargo dice serlo él de manera singular: «Yo soy el buen pastor», con el fin de introducir con dulzura la virtud de la caridad. No se puede ser, en efecto, buen pastor si no se llega a ser una cosa sola con Cristo y sus miembros mediante la caridad. La caridad es el primer deber del buen pastor, por eso dice: «El buen pastor da la vida por las ovejas» (Jn 10, 11). En efecto, hay diferencia entre el buen pastor y el malo: el buen pastor tiene en mira el bien del rebaño, mientras que el malo el suyo propio.
En los guardas de ovejas no se exige que, para ser juzgados buenos, expongan su propia vida por la salvación del rebaño. Pero puesto que la salvación del rebaño espiritual tiene mayor peso que la vida corporal del pastor, cuando se avecina el peligro del rebaño, todo pastor espiritual debe afrontar el sacrificio de la vida corporal. Esto dice el Señor: «El buen Pastor da su vida por sus ovejas». Él consagra a ellas su persona en el ejercicio de la autoridad y de la caridad. Se exigen ambas cosas: que le obedezcan y que las ame. En efecto, la primera sin la segunda no es suficiente.
Cristo nos ha dado el ejemplo de esta enseñanza: «Si Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3, 16).
De la «Exposición sobre Juan» de San Tomás de Aquino, sacerdote