¿Qué lengua podría poner en el debido relieve los dones de Dios? Su número, en efecto, es tan grande que escapa a cualquier enumeración. Su grandeza, además, es tal y tan inmensa, que ya uno solo de ellos debería impulsarnos a agradecer sin fin al donador.
Pero hay un favor que, aun queriéndolo, no podríamos de ningún modo pasar por alto. No sería, en efecto, admisible que cualquier persona, dotada de mente sana y capaz de reflexión, no dijera nada, aunque muy por debajo del deber, del insigne beneficio divino que estamos a punto de recordar.
Dio creó al hombre a su imagen y semejanza. Lo dotó de inteligencia y de razón, a diferencia de todos los demás seres vivientes de la tierra. Le dio la facultad de deleitarse con la estupenda belleza del paraíso terrenal. Y finalmente lo constituyó soberano de todas las cosas del mundo. Después del engaño de la serpiente, la caída en el pecado y, por el pecado, en la muerte y en las tribulaciones, no abandonó a la criatura a su destino. Le dio en cambio en ayuda la ley, a protección y custodia los ángeles, y envió a los profetas para corregir los vicios y enseñar la virtud. Con amenazas de castigos reprimió y extirpó la irrupción del mal. Estimuló con las promesas la alacridad de los buenos. No pocas veces mostró de antemano, en esta o aquella persona, la suerte final de la vida buena o mala. No se desinteresó del hombre, aun cuando este continuó obstinadamente en su desobediencia. No, en su bondad, el Señor no nos ha abandonado ni siquiera a causa de la necedad y la insolencia que hemos mostrado al despreciar los honores que él nos había ofrecido y al pisotear su amor de benefactor. Antes bien, nos ha llamado de la muerte y nos ha restituido a la nueva vida mediante el Señor nuestro Jesucristo.
A este punto, también la manera en que el beneficio ha sido hecho suscita aún mayor admiración: «Pur siendo de naturaleza divina, no consideró un tesoro celoso su igualdad con Dios, sino que se despojó a sí mismo, asumiendo la condición de siervo» (Flp 2, 6-7). Además, se cargó de nuestras dolencias y se atribuyó nuestros dolores; por nosotros fue herido, para que por sus llagas fuéramos sanados (cf. Is 53, 4-5); y aún nos ha redimido de la maldición, haciéndose él mismo maldición por amor nuestro (cf. Gal 3, 13), y se enfrentó a una muerte sumamente ignominiosa para reconducirnos a una vida gloriosa.
No se contentó con llamarnos de la muerte a la vida, sino que además nos hizo partícipes de su misma divinidad y nos tiene preparada una gloria eterna que supera en grandeza cualquier valoración humana.
¿Qué cosa, pues, podremos rendir al Señor por todo lo que nos ha dado? (cf. Sal 115, 12). Él es tan bueno que no exige ni siquiera el contraprestación: se contenta, en cambio, con que lo retribuyamos con nuestro amor.
Cuando pienso en todo esto, quedo como aterrado y asombrado por temor a que, a causa de mi ligereza de ánimo o de preocupaciones de poca cuenta, se me debilite el amor de Dios y llegue a ser motivo de vergüenza y deshonra para Cristo.

De las «Reglas más amplias» de san Basilio el Grande, obispo