El hombre espiritual vive ya ahora en la bienaventuranza celestial
Si el amor es capaz de eliminar el miedo y este se transforma en amor, entonces se descubrirá que lo que salva es precisamente la unidad. La salvación está, en efecto, en sentirnos todos fundidos en el amor al único y verdadero bien, mediante aquella perfección que se halla en la paloma de la que habla el Cantar de los cantares: «Única es mi paloma, mi perfecta, la única de su madre, la preferida de su genetriz» (Ct 6, 9).
Todo esto lo muestra más claramente el Señor en el evangelio. Jesús bendice a sus discípulos, les confiere todo poder y les concede sus bienes. Entre estos deben incluirse también las santas expresiones que él dirige al Padre. Pero entre todas las palabras que dice y las gracias que concede, hay una que es la mayor de todas y las resume todas. Y es aquella con la que Cristo amonesta a los suyos a estar siempre unidos en las soluciones de los problemas y en las valoraciones acerca del bien que hay que hacer; a sentirse un solo corazón y un solo alma, y a estimar esta unión como el único y solo bien; a estrecharse en la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz; a formar un solo cuerpo y un solo espíritu; a corresponder a una única vocación, animados por una misma esperanza.
Pero más que estas referencias, sería mejor citar textualmente las palabras del evangelio: «Para que todos sean una sola cosa. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21).
El vínculo de esta unidad es una auténtica gloria. Nadie, en efecto, puede negar que el Espíritu Santo sea llamado «gloria». Dice, en efecto, el Señor: «La gloria que tú me has dado, yo la he dado a ellos» (Jn 17, 22). Él poseía tal gloria siempre, aún antes de que existiera este mundo. En el tiempo, luego, la recibió cuando asumió la naturaleza humana. Desde que esta naturaleza fue glorificada por el Espíritu Santo, todo lo que se conecta con esta gloria, se convierte en participación del Espíritu Santo.
Por eso dice: «La gloria que tú me has dado, yo la he dado a ellos, para que sean una sola cosa como nosotros. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad» (Jn 17, 22-23). Por lo tanto, aquel que desde la niñez ha crecido alcanzando la plena madurez del Cristo, viene a encontrarse en aquel estado tan especial, que solo la inteligencia, iluminada por la fe, puede percibir. Entonces se hace capaz de la gloria del Espíritu Santo a través de una vida alejada de los vicios e improntada a la santidad. Este, pues, es aquella paloma perfecta, a la que mira el Esposo, cuando dice: «Única es mi paloma, mi perfecta».
San Gregorio de Nisa, obispo