Hermanos míos, es hermoso pasar de una fiesta a otra, de una oración a otra y, finalmente, de una celebración a otra. Está cerca ese tiempo que nos lleva y nos hace conocer un nuevo comienzo, el día de la santa Pascua, en el cual el Señor se inmoló. Nos alimentamos de su alimento y siempre deleitamos nuestra alma con su preciosa sangre, como si bebiéramos de una fuente. Sin embargo, siempre tenemos sed y siempre ardemos de deseo. Nuestro Salvador, sin embargo, está cerca de quien se siente consumido y, por su bondad, en el día de fiesta invita a sí a los que tienen los corazones sedientos, según su palabra: «Vengan a mí los que tienen sed y beban» (Jn 7, 37). Pero para apagar la sed interior no es necesario llevar la boca a la fuente, basta pedir agua a la misma fuente. La gracia de la celebración festiva no está limitada a un solo momento, ni su resplandor se apaga al atardecer del sol, sino que permanece siempre disponible para el espíritu de quien lo desea. Ejerce una fuerza continua sobre todos los que ya tienen la mente iluminada y meditan día y noche la Sagrada Escritura. Estos son como ese hombre que es llamado bienaventurado, según está escrito en el salmo: «Bienaventurado el hombre que no sigue el consejo de los impíos, no se detiene en el camino de los pecadores ni se sienta en la compañía de los malvados; sino que se complace en la ley del Señor, y en su ley medita de día y de noche» (Sal 1, 1-2).
Por tanto, queridos míos, Dios que instituyó esta fiesta por nosotros, nos concede también celebrarla cada año. Él que, por nuestra salvación, entregó a su Hijo a la muerte, por la misma razón nos hace don de esta festividad que destaca claramente entre las otras a lo largo del año. La celebración litúrgica nos sostiene en las aflicciones que encontramos en este mundo. Por medio de ella, Dios nos concede esa alegría de la salvación que aumenta la fraternidad. Mediante la acción sacramental de la fiesta, en efecto, nos funde en una única asamblea, nos une a todos espiritualmente y hace que los lejanos se encuentren cercanos. La celebración de la Iglesia nos ofrece la manera de orar juntos y elevar comunitariamente nuestro agradecimiento a Dios. Esta es, de hecho, una exigencia propia de toda fiesta litúrgica. Es un milagro de la bondad de Dios el hacer sentir solidaridad en la celebración y fundir en la unidad de la fe a lejanos y cercanos, presentes y ausentes.
De las «Cartas pascuales» de san Atanasio, obispo
Por tanto, queridos míos, Dios que instituyó esta fiesta por nosotros, nos concede también celebrarla cada año. Él que, por nuestra salvación, entregó a su Hijo a la muerte, por la misma razón nos hace don de esta festividad que destaca claramente entre las otras a lo largo del año. La celebración litúrgica nos sostiene en las aflicciones que encontramos en este mundo. Por medio de ella, Dios nos concede esa alegría de la salvación que aumenta la fraternidad. Mediante la acción sacramental de la fiesta, en efecto, nos funde en una única asamblea, nos une a todos espiritualmente y hace que los lejanos se encuentren cercanos. La celebración de la Iglesia nos ofrece la manera de orar juntos y elevar comunitariamente nuestro agradecimiento a Dios. Esta es, de hecho, una exigencia propia de toda fiesta litúrgica. Es un milagro de la bondad de Dios el hacer sentir solidaridad en la celebración y fundir en la unidad de la fe a lejanos y cercanos, presentes y ausentes.
De las «Cartas pascuales» de san Atanasio, obispo