Señor mío, dirige la mirada de tu misericordia sobre tu pueblo y sobre el cuerpo místico de la santa Iglesia. Serás glorificado mucho más perdonando y dando la luz del intelecto a muchos, que no recibiendo el homenaje de una sola criatura miserable, cual soy yo, que tanto te he ofendido y he sido causa e instrumento de tantos males.
¿Qué me sucedería si me viera a mí viva, y muerto tu pueblo? ¿Qué sucedería si, por mis pecados y los de las otras criaturas, tuviera que ver en las tinieblas a la Iglesia, tu Esposa amada, que ha nacido para ser luz?
Te pido, pues, misericordia para tu pueblo en nombre de la caridad  increada que te movió a ti mismo a crear al hombre a tu imagen y semejanza.
¿Cuál fue la razón por la que pusiste al hombre en tanta dignidad? Ciertamente el amor inestimable con el que has contemplado en ti mismo a tu criatura y te has enamorado de ella. Pero luego, por el pecado cometido, perdió aquella sublimidad a la que lo habías elevado.
Tú, movido por ese mismo fuego con el que nos has creado, has querido ofrecer al género humano el medio para reconciliarse contigo. Por esto nos has dado el Verbo, tu único Hijo. Él fue el mediador entre ti y nosotros. Él fue nuestra justicia, que castigó sobre sí nuestras injusticias. Obedeció al mandato que tú, Padre Eterno, le diste cuando lo revestiste de nuestra humanidad. ¡Oh abismo de caridad! ¿Qué corazón no se sentirá henchido de emoción al ver tanta altura descender a tanta bajeza, es decir, a la condición de nuestra humanidad?
Nosotros somos imagen tuya, y tú imagen nuestra por la unión que has establecido entre ti y el hombre, velando la divinidad eterna con la pobre nube de la humanidad corrompida de Adán. ¿Cuál el motivo? Ciertamente el amor.
Por este amor inefable te ruego y te insto a usar misericordia con tus criaturas.

Santa Catalina de Siena, virgen
Del «Diálogo de la Divina Providencia»