Cumplo mi deber, obedeciendo al mandato de Cristo: «Examinad las Escrituras» (Jn 5, 39), y: «Buscad y hallaréis» (Mt 7, 7), para no oírme decir como a los judíos: «Os engañáis, no conociendo las Escrituras, ni el poder de Dios» (Mt 22, 29). Si, en efecto, según el apóstol Pablo, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios, quien no conoce las Escrituras, no conoce el poder de Dios, ni su sabiduría. Ignorar las Escrituras significa ignorar a Cristo.
Por eso quiero imitar al padre de familia, que de su tesoro saca cosas nuevas y viejas, y así también la Esposa, que en el Cantar de los Cantares dice: Mi amado, te he guardado lo nuevo y lo viejo (cf. Ct 7, 14 vulg.). Intendo, por tanto, exponer al profeta Isaías de manera que lo presente no solo como profeta, sino también como evangelista y apóstol. Él mismo dijo de sí lo que dice de los otros evangelistas: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del que anuncia la buena nueva, el que anuncia la paz!» (Is 52, 7). Y Dios le dirige a él, como a un apóstol, la pregunta: ¿A quién enviaré, y quién irá por mí? Y él responde: Heme aquí, envíame a mí (cf. Is 6, 8).
Mas nadie crea que quiero agotar en pocas palabras el argumento de este libro de la Escritura que contiene todos los misterios del Señor. Efectivamente, en el libro de Isaías encontramos que el Señor es predicho como el Emmanuel nacido de la Virgen, como autor de milagros y de señales grandiosas, como muerto y sepultado, resucitado de los infiernos y salvador de todas las gentes. ¿Qué diré de su doctrina sobre la física, sobre la ética y sobre la lógica? Todo lo que concierne a las Sagradas Escrituras, todo lo que la lengua puede expresar y la inteligencia de los mortales puede comprender, se encuentra contenido en este volumen. De la profundidad de tales misterios da testimonio el mismo autor cuando escribe: «Para vosotros toda visión será como las palabras de un libro sellado: se da a uno que sepa leer, diciéndole: Léelo. Pero aquel responde: No puedo, porque está sellado. O se da el libro a quien no sabe leer, diciéndole: Léelo, pero aquel responde: No sé leer» (Is 29, 11-12).
(Se trata, pues, de misterios que, como tales, permanecen cerrados e incomprensibles para los profanos, pero abiertos y claros para los profetas. Si, por tanto, das el libro de Isaías a los paganos, ignorantes de los libros inspirados, te dirán: No sé leerlo, porque no he aprendido a leer los textos de las Escrituras. Los profetas, sin embargo, sabían lo que decían y lo comprendían). Leemos, en efecto, en san Pablo: «Las inspiraciones de los profetas deben ser sometidas a los profetas» (1 Cor 14, 32), para que esté en su facultad callar o hablar según la necesidad.
Los profetas, pues, comprendían lo que decían, por eso todas sus palabras están llenas de sabiduría y de razonabilidad. A sus oídos no llegaban solamente las vibraciones de la voz, sino la misma palabra de Dios que hablaba en su alma. Lo afirma alguno de ellos con expresiones como estas: El ángel hablaba en mí (cf. Zc 1, 9), y: (el Espíritu) «clama en nuestros corazones: Abba, Padre» (Gal 4, 6), y también: «Escucharé lo que dice Dios, el Señor» (Sal 84, 9).
San Jerónimo