María Magdalena, llegada al sepulcro, y no hallando en él el cuerpo del Señor, pensó que lo habían quitado, y lo dijo a los discípulos. Ellos fueron a ver, y se convencieron de que las cosas estaban tal como la mujer había dicho. De ellos se afirma de inmediato: «Los discípulos, pues, volvieron otra vez a casa»; luego se añade: «María, en cambio, estaba fuera, junto al sepulcro, y lloraba» (Jn 20, 10-11).
En este hecho debemos considerar cuánta fuerza de amor había invadido el alma de esta mujer, que no se despegaba del sepulcro del Señor, incluso después de que los discípulos se hubieran alejado. Buscaba a quien no había encontrado, lloraba en esta búsqueda y, encendida de vivo amor por él, ardía de deseo, pensando que lo habían robado.
Aconteció, por tanto, que pudo verlo ella sola, que había quedado para buscarlo; porque la fuerza de la buena obra está en la perseverancia, como afirma la misma voz de la Verdad: «El que perseverare hasta el fin, será salvo» (Mt 10, 22).
Buscó, pues, una primera vez, pero no lo encontró; perseveró en buscar, y le fue dado encontrar. Aconteció así que los deseos, con el transcurso del tiempo, crecieran, y creciendo alcanzaran el objeto de las búsquedas. Los santos deseos crecen con el transcurso. Si en cambio, en la espera, se debilitan, es señal de que no eran verdaderos deseos.
Probó este ardiente amor cualquiera que ha logrado llegar a la verdad. Así David, que dice: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente: ¿cuándo vendré y veré el rostro de Dios?» (Sal 41, 3). Y la Iglesia dice aún en el Cantar de los Cantares: Yo estoy herida de amor (cf. Ct 4, 9). Y de nuevo dice: Mi alma se ha consumido (cf. Ct 5, 6).
«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» (Jn 20, 15). Se le pregunta la causa del dolor, para que el deseo crezca, y llamando por su nombre a quien busca, se encienda más en el amor de él.
«Jesús le dijo: ¡María!» (Jn 20, 16). Después de haberla llamado con el apelativo genérico del sexo sin ser reconocido, la llama por su nombre, como si quisiera decir: Reconoce a quien te reconoce. Yo te conozco no como se conoce a una persona cualquiera, sino de manera totalmente especial.
María, pues, llamada por su nombre, reconoce al Creador y de inmediato grita: «Rabuní», es decir, «Maestro»: era él a quien ella buscaba en el exterior, y era aún él quien la guiaba interiormente en la búsqueda.

De las «Homilías sobre los evangelios» de San Gregorio Magno,