¿Queréis que hable de los caminos de la reconciliación con Dios? Son muchos y variados, pero todos conducen al cielo.
El primero es el de la condenación de los propios pecados. Confiesa primero tu pecado y serás justificado (cf. Is 43, 25-26). Por eso también el profeta decía: «Dije: Confesaré al Señor mis culpas, y tú has perdonado la maldad de mi pecado» (Sal 31, 5).
Condena, pues, también tú tus culpas. Esto es suficiente para el Señor para tu liberación. Y luego, si condenas tus culpas, serás más cauteloso en no volver a caer en ellas. Excita tu conciencia para que sea tu acusadora directa, para que no lo sea luego ante el tribunal del Señor.
Esta es, pues, una vía de remisión, y excelente; pero hay otra que no es en nada inferior: no recordar las culpas de los enemigos, dominar la ira, perdonar a los hermanos que nos han ofendido. También así obtendremos el perdón de las ofensas que hemos hecho al Señor. Y esto es un segundo modo de expiar los pecados. «Si perdonáis a los hombres sus ofensas, también el Padre vuestro celestial os perdonará a vosotros» (Mt 6, 14).
¿Quieres aprender aún un tercer camino de purificación? Es el de la oración fervorosa y bien hecha que proviene del íntimo del corazón.
Si además quieres conocer también un cuarto, diré que es la limosna. Esta tiene un valor muy grande. Añadamos luego esto: Si uno se comporta con templanza y humildad, destruirá en la raíz sus pecados con no menor eficacia que los medios recordados arriba. Es testigo de ello el publicano que no era capaz de recordar obras buenas, pero en su lugar ofreció la humilde confesión de sus culpas y así se liberó de la grave carga que tenía sobre la conciencia.
Hemos indicado cinco vías de reconciliación con Dios. La primera es la condenación de los propios pecados. La segunda es el perdón de las ofensas. La tercera consiste en la oración, la cuarta en la limosna y la quinta en la humildad.
No estés, pues, sin hacer nada, sino que cada día procura avanzar por todos estos caminos, porque son fáciles, ni puedes aducir tu pobreza para eximarte de ello. Pero aunque te encontrases a vivir en una miseria bastante grave, siempre podrás deponer la ira, practicar la humildad, orar continuamente y reprobar los pecados, y la pobreza no te será nunca estorbo. Pero ¿qué digo? Ni siquiera en aquella vía de perdón en la que se requiere la distribución del dinero, es decir, la limosna, la pobreza es impedimento. No. Lo demuestra la viuda que ofreció dos monedas.
Habiendo, pues, aprendido el modo de sanar nuestras heridas, usemos estos remedios. Recuperada luego la verdadera salud, gozaremos con confianza de la santa mesa y con gran gloria iremos al encuentro de Cristo, rey de la gloria, y conquistaremos para siempre los bienes eternos por la gracia, la misericordia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo.

​De las «Homilías» de san Juan Crisóstomo, obispo