Jesucristo, Hijo amado de Dios, nos ha llamado de las tinieblas a la luz, de la ignorancia al conocimiento de su glorioso nombre; para que podamos obrar en su nombre, que es el origen de toda cosa creada.
Por medio de él, el Creador de todas las cosas conserve intacto el número de sus elegidos, que se encuentran en todo el mundo. Escuche la oración y la súplica que ahora le elevamos de corazón:
Tú has abierto los ojos de nuestro corazón para que conociéramos a ti solo, Altísimo, que habitas en los cielos altísimos, Santo entre los santos. Tú derribas la arrogancia de los presuntuosos, dispersas los designios de los pueblos, exaltas a los humildes y humillas a los soberbios, das la riqueza y la pobreza, matas y haces vivir, bienhechor único de los espíritus y Dios de toda carne (cf. Is 57, 15; 13, 1; Sal 32, 10, etc.).
Tú escudriñas los abismos, conoces las acciones de los hombres, ayudas a los que están en peligro, eres la salvación de quien no tiene esperanza, el Creador y el vigilante pastor de todo espíritu. Tú das incremento a las naciones de la tierra y entre todas eliges a los que te aman por medio de tu Hijo amado Jesucristo, por obra del cual nos has instruido, santificado y honrado.
Te rogamos, Señor, sé nuestro auxilio y sostén. Libera a los que entre nosotros se encuentran en tribulación, ten piedad de los humildes, levanta a los caídos, acude en ayuda de los necesitados, sana a los enfermos, reconduce a los extraviados a tu pueblo. Sacia al que tiene hambre, libera a nuestros cautivos, levanta a los débiles, da ánimo a los abatidos.
Todos los pueblos sepan que tú eres el Dios único, que Jesucristo es tu Hijo, y nosotros «tu pueblo y rebaño de tu pastoreo» (Sal 78, 13).
Tú con tu acción nos has manifestado el orden perenne del mundo. Tú, Señor, has creado la tierra y permaneces fiel por todas las generaciones. Eres justo en tus juicios, admirable en tu fortaleza, incomparable en tu esplendor, sabio en la creación y providente en su conservación, bueno en todo lo que vemos y fiel hacia los que confían en ti, Dios benigno y misericordioso. Perdónanos nuestras iniquidades e injusticias, faltas y negligencias.
No tengas en cuenta cada pecado de tus siervos y siervas, sino purifícanos en la pureza de tu verdad y guía nuestros pasos, para que caminemos en la piedad, en la justicia y en la sencillez de corazón, y hagamos lo que es bueno y aceptable delante de ti y de aquellos que nos guían.  
Señor y Dios nuestro, haz brillar tu rostro sobre nosotros para que podamos gozar de tus bienes en la paz, seamos protegidos por tu mano poderosa, liberados de todo pecado con la fuerza de tu brazo excelso, y salvados de aquellos que nos odian injustamente.
Donad la concordia y la paz a nosotros y a todos los habitantes de la tierra, como la diste a nuestros padres, cuando te invocaban piadosamente en la fe y en la verdad. Tú solo, Señor, puedes concedernos estos beneficios y dones aún más grandes.
Te alabamos y te bendecimos por Jesucristo, sumo sacerdote y abogado de nuestras almas. Por medio de él suban a ti el honor y la gloria ahora, por todas las generaciones y por los siglos de los siglos. Amén.

De la «Carta a los Corintios» de san Clemente I, papa