¿Quién es aquel hombre que, al oír los apelativos del Espíritu Santo, no se levanta con el ánimo y no eleva el pensamiento a la suprema naturaleza de Dios? Pues ha sido llamado Espíritu de Dios y Espíritu de verdad, que procede del Padre: Espíritu fuerte, Espíritu recto, Espíritu creador. Espíritu Santo es el apelativo que más le conviene y que le es propio.
Todo lo que tiene carácter sagrado lo deriva de él. De él tienen necesidad los seres que tienen vida y, como regados con su rocío, reciben vigor y sostén en su existir y actuar en orden al fin natural para el cual son hechos.
Él es fuente de santificación y luz inteligible. Ofrece a toda criatura racional a sí mismo y con sí mismo luz y ayuda para la búsqueda de la verdad.
Inaccesible por naturaleza, puede ser percibido por su bondad. Todo lo llena con su propia fuerza, pero se manifiesta solo a aquellos que son dignos. A ellos, sin embargo, no se da en igual medida, sino que se concede en relación con la intensidad de la fe.
Simple en esencia, y múltiple en los poderes, está presente a los individuos en su totalidad y es simultáneamente y todo en todas partes. Él es comunicado sin sufrir, sin embargo, ninguna alteración. De él todos son participantes, pero él permanece íntegro, al mismo modo que los rayos del sol, cuyos beneficios son sentidos por cada uno como si brillaran solo para él y, sin embargo, iluminan la tierra y el mar y se confunden con el aire. Así también el Espíritu Santo, aunque esté presente a cada uno de los que son capaces de él como si estuviera presente solo a él, infunde en todos una gracia suficiente e íntegra. De él goza todo lo que de él participa, en cuanto es permitido a la naturaleza, pero no en cuanto él puede.
Por él los corazones se elevan en alto, los débiles son conducidos de la mano, los fuertes llegan a la perfección. Él resplandece sobre aquellos que se han purificado de toda inmundicia y los hace espirituales por medio de la comunión que tienen con él.
Y como los cuerpos muy transparentes y nítidos al contacto de un rayo se vuelven también ellos muy luminosos y emiten de sí nuevo resplandor, así también las almas que tienen en sí el Espíritu y que son iluminadas por el Espíritu se vuelven también ellas santas y reflejan la gracia sobre los otros.
De él la anticipada conocimiento de las cosas futuras, el profundización de los misterios, la percepción de las cosas ocultas, las distribuciones de los dones, la familiaridad de las cosas del cielo, el regocijo con los ángeles. De él la alegría eterna, de él la unión constante y la semejanza con Dios, y, cosa más sublime de toda otra, de él la posibilidad de llegar a ser Dios.
De la tratado «Sobre el Espíritu Santo» de san Basilio Magno,
obispo