Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2, 4), por lo que, él «que en tiempos antiguos habló muchas veces y de diversas maneras a los padres por medio de los profetas» (Hb 1, 1), cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, Verbo hecho carne, ungido con Espíritu Santo, para anunciar la buena nueva a los pobres, para sanar los corazones rotos (cf. Is 61, 1; Lc 4, 18), «médico en la carne y en el espíritu» (san Ignacio), Mediador entre Dios y los hombres (cf. 1 Tm 2, 5). En efecto, su humanidad, en la unidad de la persona del Verbo, fue el instrumento de nuestra salvación. Por lo cual en Cristo se llevó a cabo el perfecto rescate de nuestra reconciliación y nos fue dada la plenitud del culto divino.
Esta obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, que tiene su preludio en las maravillosas acciones divinas, operadas en el pueblo del Antiguo Testamento, fue consumada por Cristo Señor, especialmente por medio del misterio pascual de su bienaventurada Pasión, Resurrección de entre los muertos y gloriosa Ascensión, misterio por el cual, muriendo, destruyó nuestra muerte y, resucitando, nos devolvió la vida. En efecto, del costado de Cristo moribundo en la cruz nació el admirable sacramento de toda la Iglesia.
Por tanto, como Cristo fue enviado por el Padre, así también él envió a los apóstoles, llenos de Espíritu Santo, no solo para que, predicando el evangelio a todos los hombres, anunciaran que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos ha liberado del poder de Satanás y de la muerte, y nos ha trasladado al reino del Padre, sino también para que, por medio del sacrificio y de los sacramentos, sobre los que se apoya toda la vida litúrgica, llevaran a cabo la obra de la salvación que anunciaban. Así, mediante el bautismo, los hombres son insertados en el misterio pascual de Cristo, muriendo, sepultados y resucitados con él; reciben el espíritu de los hijos adoptivos «por medio del cual clamamos: ¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 15), y se convierten en aquellos verdaderos adoradores que el Padre busca.
Igualmente, cada vez que comen la cena del Señor, proclaman su muerte hasta que él venga. Por esto, precisamente en el día de Pentecostés, en el cual la Iglesia se manifestó al mundo, «los que aceptaron la palabra» de Pedro «fueron bautizados». Ellos eran además asiduos en escuchar la enseñanza de los apóstoles y en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones... alabando juntos a Dios y gozando del favor de todo el pueblo (cf. Hch 2, 42. 47).
Desde entonces, la Iglesia nunca dejó de reunirse en asamblea para celebrar el misterio pascual, leyendo «en todas las Escrituras lo que se refería a él» (Lc 24, 27), celebrando la Eucaristía, en la cual se representan de nuevo la memoria y el triunfo de su muerte, dando al mismo tiempo gracias a Dios por su don inefable (cf. 2 Cor 9, 15) en Cristo Jesús, «para alabanza de su gloria» (Ef 1, 12), por virtud del Espíritu Santo.
De la Constitución «Sacrosanctum Concilium» del Concilio ecuménico Vaticano II sobre la sagrada Liturgia
Esta obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, que tiene su preludio en las maravillosas acciones divinas, operadas en el pueblo del Antiguo Testamento, fue consumada por Cristo Señor, especialmente por medio del misterio pascual de su bienaventurada Pasión, Resurrección de entre los muertos y gloriosa Ascensión, misterio por el cual, muriendo, destruyó nuestra muerte y, resucitando, nos devolvió la vida. En efecto, del costado de Cristo moribundo en la cruz nació el admirable sacramento de toda la Iglesia.
Por tanto, como Cristo fue enviado por el Padre, así también él envió a los apóstoles, llenos de Espíritu Santo, no solo para que, predicando el evangelio a todos los hombres, anunciaran que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos ha liberado del poder de Satanás y de la muerte, y nos ha trasladado al reino del Padre, sino también para que, por medio del sacrificio y de los sacramentos, sobre los que se apoya toda la vida litúrgica, llevaran a cabo la obra de la salvación que anunciaban. Así, mediante el bautismo, los hombres son insertados en el misterio pascual de Cristo, muriendo, sepultados y resucitados con él; reciben el espíritu de los hijos adoptivos «por medio del cual clamamos: ¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 15), y se convierten en aquellos verdaderos adoradores que el Padre busca.
Igualmente, cada vez que comen la cena del Señor, proclaman su muerte hasta que él venga. Por esto, precisamente en el día de Pentecostés, en el cual la Iglesia se manifestó al mundo, «los que aceptaron la palabra» de Pedro «fueron bautizados». Ellos eran además asiduos en escuchar la enseñanza de los apóstoles y en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones... alabando juntos a Dios y gozando del favor de todo el pueblo (cf. Hch 2, 42. 47).
Desde entonces, la Iglesia nunca dejó de reunirse en asamblea para celebrar el misterio pascual, leyendo «en todas las Escrituras lo que se refería a él» (Lc 24, 27), celebrando la Eucaristía, en la cual se representan de nuevo la memoria y el triunfo de su muerte, dando al mismo tiempo gracias a Dios por su don inefable (cf. 2 Cor 9, 15) en Cristo Jesús, «para alabanza de su gloria» (Ef 1, 12), por virtud del Espíritu Santo.
De la Constitución «Sacrosanctum Concilium» del Concilio ecuménico Vaticano II sobre la sagrada Liturgia