"Como habíamos oído, así hemos visto" (Sal 47, 9). ¡Oh Iglesia bienaventurada! En un primer tiempo oíste, luego viste. La Iglesia escuchó, recibiendo las promesas, ahora ve en la realidad; escuchó en las profecías, ahora contempla en el Evangelio. En efecto, lo que ahora se cumple, antes ya había sido profetizado.
Alza los ojos y echa una mirada al mundo! Contempla tu herencia extendida hasta los confines de la tierra; ves ya que se ha realizado lo que había sido predicho: «A él se postrarán todos los reyes, lo servirán todas las naciones» (Sal 71, 11). Ves cómo ya se ha cumplido lo que fue dicho: «Levántate, Dios, sobre los cielos: sobre toda la tierra tu gloria» (Sal 107, 6). Contempla a aquel que tuvo las manos y los pies atravesados por clavos, cuyos huesos colgando de la cruz fueron contados y sobre cuyas vestiduras fueron echadas las suertes. Admira reinando a aquel que ellos vieron colgado en la cruz. Contempla, sentado en los cielos, a aquel que ellos despreciaron, mientras era peregrino en la tierra. Ves finalmente realizadas las palabras: «Recordarán y volverán al Señor todos los confines de la tierra, se postrarán delante de él todas las familias de los pueblos» (Sal 21, 28). Ante esta visión, exclama con alegría: «Como habíamos oído, hemos visto» (Sal 47, 9).
Con razón es así convocada la Iglesia por todos los pueblos: «Escucha, hija, mira, inclina tu oído, olvida tu pueblo y la casa de tu padre» (Sal 44, 11). Escucha y ve; escucha primero lo que no ves, verás después lo que has oído. El Señor dijo: «Un pueblo que no me conocía me ha servido; al oírme al instante me obedecieron» (Sal 17, 44-45). El pueblo obedeció después de haber oído solamente con los oídos. Por tanto, antes no había visto.
¿Y no recuerdas también las palabras: «Verán un hecho jamás a ellos contado y comprenderán lo que jamás habían oído»? (Is 52, 15). Aquellos a quienes no fueron enviados los profetas fueron los primeros en escuchar y comprender a los profetas; aquellos que en un primer tiempo no los habían oído, después, oyéndolos, quedaron admirados. Aquellos, en cambio, a quienes fueron enviados los profetas, quedaron insensibles, llevando consigo los volúmenes de la ley, pero sin comprender sus verdades. Poseían las tablas de la alianza, pero sin conseguir su herencia. Nosotros, en cambio, «como habíamos oído, así hemos visto». 
«En la ciudad del Señor de los ejércitos, en la ciudad de nuestro Dios» (Sal 47, 9). Allí hemos oído, allí hemos visto. «Dios la fundó para siempre» (Sal 47, 9). No se ensoberbezcan aquellos que dicen: He aquí el Cristo está aquí o está allá. Quien dice: He aquí está aquí, he aquí está allá, induce hacia una parte. Pero Dios ha prometido la unidad: Los reyes se han reunido juntos, no se han dividido con las cismas (cfr. Sal 47, 5). Pero quizás, piensas, esta ciudad, que ahora domina el mundo, un día será destruida! ¡Nunca lo será! «Dios la fundó para siempre». En efecto, si Dios la fundó para la eternidad, ¿por qué temes que su fundamento se desvanezca?

Del "Comentario sobre los salmos" de san Agustín, obispo