El beato Apolinar adornó esta Iglesia con el honor de un glorioso martirio acaecido en su tierra. Con razón «Apolinar» (en griego, perder), porque según el mandamiento de su Dios, «perdió» su vida para recuperarla en la eternidad. Él, el beato, que terminó su carrera, conservó la fe (cf. 2 Tm 4,7), de modo que fue reconocido por los fieles como verdaderamente el primero de su Iglesia. Ni siquiera quien sepa cuánto él, por divina voluntad, se sometió a luchas diarias y múltiples, lo juzgue menos que un mártir a causa del título de confesor. Escucha a Pablo que dice: «Cada día enfrento la muerte» (1 Cor 15,31). Es poco morir una sola vez para quien a menudo sepa obtener gloriosas victorias sobre los enemigos a gloria de su rey. No es tanto la muerte como la fe y la dedicación las que hacen al mártir. Y si es virtud sucumbir en batalla por amor al rey, es virtud perfectísima combatir largamente y llevar adelante la guerra. Con sus persuasiones, el astuto enemigo no lo hizo mártir con una muerte inmediata, pero lo demostró mártir porque no le arrancó la fe. Lanzó las flechas que supo, usó todo tipo de armas a su alcance, pero del fortísimo pastor no logró hacer vacilar el ánimo ni mover la constancia. Es gran cosa, hermanos, si es necesario, no tener en cuenta la vida presente por el Señor, pero es cosa igualmente gloriosa vencer y despreciar, con la vida, al mundo y a su príncipe.
Cristo se apresuraba al encuentro del mártir, y el mártir al encuentro de su rey. He dicho «se apresuraba», según la palabra del profeta: «Despierta, ven a mi encuentro y mira» (Sal 59,5). Pero la santa Iglesia, para retener a su campeón, pidió con insistencia a Cristo que retrasara al vencedor la corona de la justicia (cf. 2 Tm 4,8), y que le dejara a ella, en tiempos de guerra, la presencia de su pastor. El confesor derramaba a menudo su propia sangre; con las heridas y con la fe de su ánimo, daba testimonio de su Creador. Proyectado hacia el cielo, despreciaba la carne y la tierra. Pero venció la aún tierna infancia de la Iglesia, logró retenerlo e impetró que al mártir se le retrasara el cumplimiento de sus deseos. La infancia, digo, que todo y siempre obtiene, que vence más con las lágrimas que con la fuerza. El rostro y el sudor de los fuertes no valen tanto como el llanto de los pequeños; allí se dobla a duras penas el juicio de la mente, pero aquí toda piedad es propicia y complaciente.
¿Y qué decir más, hermanos? Se esforzó, se aplicó la santa madre Iglesia para no ser nunca separada de su obispo: y he aquí que está vivo, he aquí que es buen pastor en medio de su rebaño; ni su espíritu se alejó más, aunque en el cuerpo nos ha precedido por algún tiempo. Nos ha precedido en el cuerpo, pero solo en cuanto al modo de ser; de lo demás, también por la disposición de su cuerpo, él descansa entre nosotros y continúa permaneciendo en medio de nosotros. Y así el demonio fue vencido, cayó el perseguidor: he aquí que reina y vive, aquel que deseó ser muerto por su rey.
De los "Discursos" de san Pedro Crisólogo, obispo
Cristo se apresuraba al encuentro del mártir, y el mártir al encuentro de su rey. He dicho «se apresuraba», según la palabra del profeta: «Despierta, ven a mi encuentro y mira» (Sal 59,5). Pero la santa Iglesia, para retener a su campeón, pidió con insistencia a Cristo que retrasara al vencedor la corona de la justicia (cf. 2 Tm 4,8), y que le dejara a ella, en tiempos de guerra, la presencia de su pastor. El confesor derramaba a menudo su propia sangre; con las heridas y con la fe de su ánimo, daba testimonio de su Creador. Proyectado hacia el cielo, despreciaba la carne y la tierra. Pero venció la aún tierna infancia de la Iglesia, logró retenerlo e impetró que al mártir se le retrasara el cumplimiento de sus deseos. La infancia, digo, que todo y siempre obtiene, que vence más con las lágrimas que con la fuerza. El rostro y el sudor de los fuertes no valen tanto como el llanto de los pequeños; allí se dobla a duras penas el juicio de la mente, pero aquí toda piedad es propicia y complaciente.
¿Y qué decir más, hermanos? Se esforzó, se aplicó la santa madre Iglesia para no ser nunca separada de su obispo: y he aquí que está vivo, he aquí que es buen pastor en medio de su rebaño; ni su espíritu se alejó más, aunque en el cuerpo nos ha precedido por algún tiempo. Nos ha precedido en el cuerpo, pero solo en cuanto al modo de ser; de lo demás, también por la disposición de su cuerpo, él descansa entre nosotros y continúa permaneciendo en medio de nosotros. Y así el demonio fue vencido, cayó el perseguidor: he aquí que reina y vive, aquel que deseó ser muerto por su rey.
De los "Discursos" de san Pedro Crisólogo, obispo