Si el predicador de la verdad, sin mentir, ha dicho verdaderamente que todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo sufren persecución, nadie, yo pienso, queda excluido de esta regla general, salvo aquel que descuida o no sabe vivir «con sobriedad, justicia y piedad en este mundo» (Tt 2, 12).
Mas esté lejos de vosotros pertenecer al número de aquellos que tienen casas quietas, tranquilas y seguras, mientras la vara del Señor no está sobre ellos: pasan la vida en la prosperidad y en un instante descenderán al infierno.
Al contrario, vuestra pureza y piedad merecen y exigen – porque sois aceptos y agradables a Dios – ser afinados con golpes repetidos hasta la sinceridad más completa. Si la espada a veces se duplica y se triplica sobre vosotros, es necesario estimar también todo esto como alegría y signo de amor.
La espada de doble filo está formada por las batallas en el exterior y por los temores en el interior; estos últimos se duplican o triplican cuando el espíritu astuto inquieta las fibras más íntimas del corazón con el engaño y con las seducciones. Estos tipos de combate los habéis conocido hasta ahora bastante, de lo contrario habría sido imposible alcanzar una tan admirable paz y tranquilidad interior.
Se duplica y se triplica exteriormente la espada cuando, sin motivo, nace una persecución por parte de hombres de la Iglesia en el ámbito espiritual, donde las heridas más graves son las que vienen de los amigos.
Esta es la cruz de Cristo bienaventurada y deseable que el fuerte Andrés recibió con ánimo gozoso, en la cual solamente el Vaso de elección dice que debemos gloriarnos.
Mirad, pues, al autor y conservador de la fe, a Jesús que padeció en la más grande inocencia y también por parte de los suyos y fue contado entre los malhechores; y, bebiendo el cáliz tan glorioso del Señor Jesús, dad gracias a Dios que nos da todo bien.
El mismo Dios del amor y de la paz dé la paz a vuestros corazones y apresure vuestro camino, para esconderos lejos de los intriguismos de los hombres al amparo de su rostro, hasta que no os haya introducido y trasplantado en aquella plenitud, donde residiréis para siempre en la belleza de la paz, en las tiendas de la confianza, en el reposo de la abundancia.
De las «Cartas» de San Raimundo de Peñafort, sacerdote
Mas esté lejos de vosotros pertenecer al número de aquellos que tienen casas quietas, tranquilas y seguras, mientras la vara del Señor no está sobre ellos: pasan la vida en la prosperidad y en un instante descenderán al infierno.
Al contrario, vuestra pureza y piedad merecen y exigen – porque sois aceptos y agradables a Dios – ser afinados con golpes repetidos hasta la sinceridad más completa. Si la espada a veces se duplica y se triplica sobre vosotros, es necesario estimar también todo esto como alegría y signo de amor.
La espada de doble filo está formada por las batallas en el exterior y por los temores en el interior; estos últimos se duplican o triplican cuando el espíritu astuto inquieta las fibras más íntimas del corazón con el engaño y con las seducciones. Estos tipos de combate los habéis conocido hasta ahora bastante, de lo contrario habría sido imposible alcanzar una tan admirable paz y tranquilidad interior.
Se duplica y se triplica exteriormente la espada cuando, sin motivo, nace una persecución por parte de hombres de la Iglesia en el ámbito espiritual, donde las heridas más graves son las que vienen de los amigos.
Esta es la cruz de Cristo bienaventurada y deseable que el fuerte Andrés recibió con ánimo gozoso, en la cual solamente el Vaso de elección dice que debemos gloriarnos.
Mirad, pues, al autor y conservador de la fe, a Jesús que padeció en la más grande inocencia y también por parte de los suyos y fue contado entre los malhechores; y, bebiendo el cáliz tan glorioso del Señor Jesús, dad gracias a Dios que nos da todo bien.
El mismo Dios del amor y de la paz dé la paz a vuestros corazones y apresure vuestro camino, para esconderos lejos de los intriguismos de los hombres al amparo de su rostro, hasta que no os haya introducido y trasplantado en aquella plenitud, donde residiréis para siempre en la belleza de la paz, en las tiendas de la confianza, en el reposo de la abundancia.
De las «Cartas» de San Raimundo de Peñafort, sacerdote