El Señor dice:  «Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5, 20). Pero ¿cómo podrá abundar la justicia, si la misericordia no triunfa sobre el juicio? (cf. Gc 2, 13).  Es justo y conveniente que la criatura imite a su Creador, la copia a su Modelo, a imagen y semejanza del cual fue hecha. Y Dios hace consistir la reparación y la santificación de los creyentes en la remisión de los pecados. Remitidos los pecados, cesa la severidad de la venganza y se suspende todo castigo, el culpable es restituido a la inocencia y el fin del pecado se convierte en el inicio de la nueva santidad. El hombre debe hacer como Dios.
La justicia cristiana puede superar la de los escribas y fariseos, no vaciando la ley, sino rechazando toda interpretación material de la misma. Por eso, el Señor, proponiendo a los discípulos la manera de ayunar, dijo:  «Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que se desfiguran el rostro para que los hombres vean que ayunan. En verdad os digo: ya han recibido su recompensa» (Mt 6, 16). ¿Qué recompensa, si no la de la alabanza de los hombres? Por la codicia de esta alabanza, a menudo se ostenta una apariencia de justicia, no se cuida la conciencia y se busca una falsa fama. Así, la iniquidad, que ya se condena a sí misma al ocultarse, se contenta luego con una estima hipócrita.
A quien ama a Dios le basta ya saber que es agradable a quien ama; y no desea recompensa mayor que el amor mismo. El alma pura y santa es tan feliz de estar llena de él, que no desea complacerse en ningún otro objeto fuera de él.  
Es sumamente verdadero, en efecto, lo que dice el Señor:  «Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mt 6, 21). Pero ¿cuál es el tesoro del hombre, si no la mies de sus obras y la cosecha de sus fatigas?  «Porque cada uno cosechará lo que siembre» (Gal 6, 7); y cual sea la prestación de cada uno, tal será también la recompensa que recibirá. Además, donde se deposita la felicidad del goce, allí se concentra también la preocupación del corazón. Pero, siendo múltiples las especies de riquezas y diversos los motivos y fuentes de placer, para cada uno el tesoro consiste en aquello que forma el objeto de sus aspiraciones. Pero si estas tienden a los bienes terrenales, aunque estén plenamente saciadas, no hacen felices. En cambio, conducen a la felicidad aquellas orientadas a las cosas de arriba.
Los que, en efecto, aspiran a las cosas celestiales y no a las de la tierra, y no se extienden hacia los bienes caducos, sino hacia los bienes eternos, han depositado sus riquezas incorruptibles en aquel bien del que habla el profeta, diciendo:  «Ha llegado nuestro tesoro y nuestra salvación, la sabiduría y el conocimiento y la piedad del Señor: estos son los tesoros de la justicia» (Is 33, 6 vulg.). Por medio de estos bienes, con la ayuda de la gracia de Dios, también los bienes terrenales se transforman en bienes celestiales. Efectivamente, son muchos los que se sirven de las riquezas, ya sean legítimamente heredadas o adquiridas de otro modo, como medios para ejercer la misericordia.
Y cuando, para sostener a los pobres, dan su superfluo, acumulan para sí riquezas que no se pierden, porque aquello que han apartado para los pobres ya no está sujeto a pérdida.
Con razón estos tienen su corazón donde han puesto su tesoro, porque su gran felicidad será la de disfrutar de las riquezas conseguidas y de aumentarlas cada vez más, sin ningún temor de que se pierdan.

De los «Discursos» de san León Magno, papa