El martirio de la Virgen se celebra tanto en la profecía de Simeón, como en la misma historia de la pasión del Señor. Él es puesto, dice del niño Jesús el santo anciano, como señal de contradicción, y una espada, dice luego dirigiéndose a María, traspasará tu misma alma (cf. Lc 2, 34-35).
Una espada ha traspasado verdaderamente tu alma, ¡oh santa Madre nuestra! De lo contrario, no habría alcanzado la carne del Hijo si no hubiera pasado por el alma de la Madre. Ciertamente, después de que tu Jesús, que era de todos, pero especialmente tuyo, había expirado, la lanza cruel no pudo llegar a su alma. Cuando, en efecto, sin respetar ni siquiera su muerte, le abrieron el costado, ya no podía causar ningún daño a tu Hijo. Pero a ti, sí. A ti traspasó el alma. El alma de él ya no estaba allí, pero la tuya no podía separarse absolutamente de ella. Por eso, la fuerza del dolor traspasó tu alma, y así no sin razón podemos llamarte más que mártir, porque en ti la participación en la pasión del Hijo superó, en intensidad, con mucho, los sufrimientos físicos del martirio.
¿No fue para ti más que una espada aquella palabra que verdaderamente traspasó el alma y llegó hasta dividir alma y espíritu? Pues te fue dicho: «Mujer, he aquí a tu hijo» (Jn 19, 26). ¡Qué intercambio! Te es dado Juan en lugar de Jesús, el siervo en lugar del Señor, el discípulo en lugar del maestro, el hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, un simple hombre en lugar del Dios verdadero. ¿Cómo el oír estas palabras no habría de traspasar tu alma tan sensible, cuando el solo recuerdo basta para partir también nuestros corazones, que son de piedra y de hierro?
No os maravilles, hermanos, cuando se dice que María fue mártir en el espíritu. Maravíllese más bien aquel que no recuerda haber oído a Pablo incluir entre las mayores culpas de los paganos que fueron desprovistos de afecto. Esta culpa estuvo muy lejos del corazón de María, y esté muy lejos también del corazón de sus humildes devotos.
Alguno podría quizás objetar: ¿Acaso no sabía ella de antemano que Jesús moriría? Ciertamente. ¿No estaba acaso segura de que resucitaría pronto? Sin duda y con la más firme confianza. ¿Y a pesar de eso sufrió cuando fue crucificado? Seguramente y de manera verdaderamente terrible. Además, ¿quién eres tú, hermano, y qué extraño género de sabiduría es el tuyo, si te maravillas de la solidaridad en el dolor de la Madre con el Hijo, más que del dolor del propio Hijo de María? Él pudo morir también en el cuerpo, ¿y esta no pudo morir con él en su corazón? En el Hijo operó el amor superior a todo otro amor. En la Madre operó el amor, al cual, después de aquel de Cristo, ningún otro amor puede compararse.
San Bernardo, abad