El amor de Dios no es un acto impuesto al hombre desde fuera, sino que surge espontáneamente del corazón, como otros bienes que responden a nuestra naturaleza. No hemos aprendido de otros ni a disfrutar de la luz, ni a desear la vida, ni mucho menos a amar a nuestros padres o a nuestros educadores. Así, pues, y mucho más, el amor de Dios no proviene de una disciplina externa, sino que se encuentra en la misma constitución natural del hombre, como una semilla y una fuerza de la propia naturaleza. El espíritu del hombre tiene en sí la capacidad y también la necesidad de amar.
La enseñanza hace conscientes de esta fuerza, ayuda a cultivarla con diligencia, a nutrirla con ardor y a llevarla, con la ayuda de Dios, hasta su máxima perfección. Habéis intentado seguir este camino. Mientras os damos testimonio de ello, queremos contribuir, con la gracia de Dios y por vuestras oraciones, a hacer cada vez más viva esta chispa de amor divino, oculta en vosotros por la potencia del Espíritu Santo.
Digamos en primer lugar que hemos recibido de antemano la fuerza y la capacidad de observar todos los mandamientos divinos, de modo que no los soportamos a regañadientes como si se nos exigiera algo superior a nuestras fuerzas, ni estamos obligados a retribuir más de lo que nos ha sido concedido. Por tanto, cuando hacemos un uso recto de estas cosas, llevamos una vida rica en toda virtud, mientras que, si hacemos un mal uso, caemos en el vicio.
De hecho, la definición del vicio es esta: mal uso, ajeno a los preceptos del Señor, de las facultades que él nos ha dado para hacer el bien. Por el contrario, la definición de la virtud que Dios quiere de nosotros es: uso recto de las mismas capacidades, que proviene de la buena conciencia según el mandato del Señor.
La regla del buen uso vale también para el don del amor. En nuestra misma constitución natural poseemos esta fuerza de amar, aunque no podamos demostrarla con argumentos externos, pero cada uno de nosotros puede experimentarla en sí mismo y por sí mismo. Por instinto natural, deseamos todo lo que es bueno y bello, aunque no a todos les parezcan buenas y bellas las mismas cosas. Igualmente sentimos en nosotros, aunque de formas inconscientes, una especial disposición hacia quienes nos son cercanos por parentesco o por convivencia, y abrazamos espontáneamente con sincero afecto a aquellos que nos hacen el bien.
¿Qué hay ahora más admirable que la belleza divina? ¿Qué pensamiento es más grato y más dulce que la magnificencia de Dios? ¿Qué deseo del alma es tan vehemente y fuerte como el que Dios infunde en un alma purificada de todo pecado y que dice con sincero afecto: Herida estoy de amor? (cf. Ct 2, 5). Inefables e inenarrables son, por tanto, los esplendores de la belleza divina.

De las «Reglas más amplias» de San Basilio el Grande,