El verdadero sacrificio de alabanza consiste en toda acción con la que aspiramos a unirnos con Dios en una santa relación, dirigiéndonos a ese Sumo Bien que puede hacernos verdaderamente felices. Por lo tanto, ni siquiera las obras de misericordia, con las que se viene en ayuda del hombre, pueden llamarse verdadero sacrificio si no se hacen por Dios. En efecto, aunque el sacrificio sea realizado y ofrecido por el hombre, es, sin embargo, cosa divina, tanto que los antiguos latinos lo designaron también con este último nombre. Por lo tanto, un hombre consagrado a Dios y dedicado a él, en cuanto muere al mundo para vivir a Dios, es un sacrificio. Es también una obra de misericordia que cada uno hace hacia sí mismo, como está escrito: «Ten piedad de tu alma, agradándote a Dios» (Sir 30, 24).
Así pues, los verdaderos sacrificios son las obras de misericordia, tanto hacia uno mismo como hacia el prójimo, en referencia a Dios. Por otra parte, las obras de misericordia no se realizan por otro motivo, sino para ser libres de la miseria y hacerse así felices de esa bienaventuranza que no se alcanza sino por medio de ese bien del que fue dicho: «Mi bien es estar cerca de Dios» (Sal 72, 28). De ello se sigue sin duda que toda la ciudad redimida, es decir, la comunidad y la sociedad de los fieles, es ofrecida a Dios como sacrificio universal, por medio del gran Sacerdote, que también se ofreció a sí mismo por nosotros en su pasión, bajo la apariencia de siervo, para que fuéramos cuerpo de tan gran Cabeza. Ofreció, en efecto, esta naturaleza humana y en ella fue ofrecido, porque precisamente por ella es mediador, sacerdote y sacrificio.
El Apóstol nos exhorta a ofrecer nuestros cuerpos como sacrificio viviente, santo y agradable a Dios, como nuestro acto de culto espiritual (cf. Rm 12, 1). Nos recomienda que no nos conformemos al mundo presente, sino que nos transformemos renovando nuestra mente, para poder discernir cuál es la voluntad de Dios, para comprender cuál es el verdadero bien que le es agradable y perfecto, para entender que nosotros mismos constituimos todo el sacrificio. Por esto añade: «Por la gracia que me ha sido concedida, digo a cada uno de vosotros: No os estiméis más de lo que conviene, sino estimaos de manera que tengáis de vosotros un justo concepto, cada uno según la medida de fe que Dios le ha dado. Porque, así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros y estos miembros no tienen todos la misma función, así también nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo y cada uno por su parte somos miembros los unos de los otros. Tenemos, pues, dones diversos según la gracia que nos ha sido dada a cada uno» (Rm 12, 3-6).
Éste es el sacrificio de los cristianos: «Siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo» (1 Cor 10, 17). Y este sacrificio la Iglesia lo celebra también con el sacramento del altar, bien conocido de los fieles, en el cual le es mostrado que, en lo que ella ofrece, ella misma es ofrecida en la cosa que ofrece.
De «La Ciudad de Dios» de san Agustín, obispo