Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo

¿Dónde te hallé para conocerte? Ciertamente no estabas presente en mi memoria antes de que te conociera. ¿Dónde, pues, te hallé para conocerte, sino en ti, sobre mí? Pero tal asiento no es en absoluto un lugar. Nos alejamos y nos acercamos a él, es cierto, pero, no obstante, no es de ningún modo un lugar. Dondequiera que estés, oh Verdad, tú estás sobre todos los que te interrogan y al mismo tiempo respondes a cuantos te consultan sobre las cosas más diversas.

Tú respondes con claridad, pero no todos te comprenden con claridad. Todos te interrogan sobre lo que buscan, pero no siempre escuchan lo que buscan. No se demuestra ser tu mejor siervo aquel que pretende oír de ti lo que él quiere, sino aquel que más bien quiere lo que ha oído de ti.

Tarde te amé, oh belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y he aquí que tú estabas dentro y yo fuera, y allí te buscaba. Deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas bellas que has creado. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me mantenían lejos de ti tus criaturas, que no existirían si no fueran en ti. Me llamaste, gritaste, y venciste mi sordera. Enviaste resplandores, brillaste, y disipaste mi ceguera. Difundiste tu fragancia, yo la respiré, y ahora anhelo a ti. Te probé, y tengo hambre y sed. Me tocaste, y aspiro ardientemente a tu paz.

Cuando me adhiera a ti con todo mi ser, no habrá ya lugar para el dolor y la fatiga, y mi vida será viva, toda llena de ti. Es un hecho que tú levantas a quien llenas; y puesto que yo no estoy aún lleno de ti, soy peso para mí mismo. En mí mis deleitables alegrías contrastan con mis tristezas de las cuales debería alegrarme, y no sé de qué parte está la victoria.

¡Ay! Ten piedad de mí, Señor. Mis malas tristezas contrastan con las alegrías honestas, y no sé de qué parte está la victoria. ¡Ay! Ten piedad de mí, Señor. ¡Ay! He aquí que no oculto mis heridas: tú eres el médico, yo el enfermo; tú eres misericordioso, yo miserable. ¿No tiene acaso un duro trabajo el hombre sobre la tierra? (cf. Job 7, 1). ¿Quién querría molestias y dificultades? Tú nos mandas soportarlas, no amarlas. Nadie ama lo que soporta, aunque ame soportar; sucede que uno puede gozar de soportar, pero, no obstante, prefiere que no exista aquello que debe soportar. En las adversidades deseo prosperidad, en la prosperidad temo las adversidades. ¿Cuál es el justo medio entre estos extremos, donde el hombre no tenga un semejante duro trabajo sobre la tierra? ¡Ay de las prosperidades del mundo, doblemente indeseables y por el temor de la adversidad y por la caducidad de la alegría! ¡Ay de las adversidades del mundo, y una y dos y tres veces y por el deseo de la prosperidad, y porque la adversidad misma es bien dura y la soportación hace naufragio! ¿No es acaso un duro trabajo la vida del hombre sobre la tierra (cf. Job 7, 1) sin jamás una pausa?

Y entonces toda mi esperanza está puesta en tu gran misericordia.

Santo Agustín