Piensa, te lo ruego, que Nuestro Señor Jesucristo es tu verdadero cabeza, y que formas parte de sus miembros. Él te pertenece como la cabeza al cuerpo. Todo lo que es suyo, es tuyo: su espíritu, su corazón, su cuerpo, su alma, y todas sus facultades. Debes usarlos como cosas tuyas para servir, alabar, amar y glorificar a Dios. Tú le perteneces como los miembros a su cabeza. Igualmente, él desea usar, como cosa que le pertenece, todo lo que es tuyo, para dirigirlo al servicio y a la gloria de su Padre. No solamente te pertenece, sino que quiere estar en ti, viviendo y dominando en ti como la cabeza vive y reina en sus miembros. Quiere que todo lo que está en él viva y domine en ti: su espíritu en tu espíritu, su corazón en tu corazón, todas las facultades de su alma en las facultades de tu alma, para que también en ti se cumplan estas divinas palabras: «Glorificad a Dios en vuestro cuerpo» (1 Cor 6, 20) y para que la vida de Jesús se manifieste en ti.
Y no basta con que pertenezcas al Hijo de Dios, sino que debes estar en él, como los miembros están en su cabeza. Todo lo que está en ti debe ser incorporado en él y de él recibir vida y guía. No hay verdadera vida para ti sino en él solo, que es la fuente exclusiva de la verdadera vida. Fuera de él, para ti no hay sino muerte y perdición. Él debe ser el único criterio de tus iniciativas, de tus acciones, de tus energías y de tu vida. No debes vivir sino de él y para él, siguiendo estas divinas palabras: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo, porque si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor. Así, pues, ya vivamos, ya muramos, somos del Señor. Por esto murió y resucitó Cristo, para ser Señor de los muertos y de los vivos» (Rm 14, 7-9).
Por tanto, tú eres una sola cosa con este mismo Jesús, como los miembros son una sola cosa con su cabeza. Por eso debes tener con él un mismo espíritu, un mismo alma, una misma vida, una misma voluntad, un mismo sentimiento, un mismo corazón. Y él mismo debe ser tu espíritu, tu corazón, tu amor, tu vida y tu todo.
Ahora bien, estas grandes verdades toman origen en el cristiano del bautismo, son acrecentadas y fortalecidas por el sacramento de la confirmación y por el buen uso de las demás gracias compartidas por Dios, y reciben su supremo perfeccionamiento de la santa Eucaristía.
Del tratado «El admirable Corazón de Jesús» de San Juan Eudes, sacerdote
Y no basta con que pertenezcas al Hijo de Dios, sino que debes estar en él, como los miembros están en su cabeza. Todo lo que está en ti debe ser incorporado en él y de él recibir vida y guía. No hay verdadera vida para ti sino en él solo, que es la fuente exclusiva de la verdadera vida. Fuera de él, para ti no hay sino muerte y perdición. Él debe ser el único criterio de tus iniciativas, de tus acciones, de tus energías y de tu vida. No debes vivir sino de él y para él, siguiendo estas divinas palabras: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo, porque si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor. Así, pues, ya vivamos, ya muramos, somos del Señor. Por esto murió y resucitó Cristo, para ser Señor de los muertos y de los vivos» (Rm 14, 7-9).
Por tanto, tú eres una sola cosa con este mismo Jesús, como los miembros son una sola cosa con su cabeza. Por eso debes tener con él un mismo espíritu, un mismo alma, una misma vida, una misma voluntad, un mismo sentimiento, un mismo corazón. Y él mismo debe ser tu espíritu, tu corazón, tu amor, tu vida y tu todo.
Ahora bien, estas grandes verdades toman origen en el cristiano del bautismo, son acrecentadas y fortalecidas por el sacramento de la confirmación y por el buen uso de las demás gracias compartidas por Dios, y reciben su supremo perfeccionamiento de la santa Eucaristía.
Del tratado «El admirable Corazón de Jesús» de San Juan Eudes, sacerdote