El Verbo, Cristo Señor, dándose a nosotros por completo, nos hace don de su visita. Él promete permanecer ininterrumpidamente cerca de nosotros. Por eso dice: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).
Él es pastor, sumo sacerdote, camino y puerta, y como tal se hace presente en la celebración de la solemnidad. Viene entre nosotros aquel que era esperado, aquel del cual san Pablo dice: «Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado» (1 Cor 5, 7). Se cumple también lo que dice el salmista: Oh mi alegría, líbrame de los que me rodean (cf. Sal 31, 7). Verdadera alegría y verdadera solemnidad es aquella que libera de los males. Para alcanzar este bien, cada uno actúe santamente y medite en sí mismo en la paz y en el temor de Dios.
Así lo hacían también los santos. Mientras estaban en vida, se sentían en la alegría como en una fiesta continua. Uno de ellos, el beato David, se levantaba de noche no una sola vez, sino siete, y con la oración se hacía propicio a Dios. Otro, el gran Moisés, se alegraba con cánticos, cantaba alabanzas por la victoria obtenida sobre el faraón y sobre aquellos que habían oprimido a los hebreos. Y otros, con alegría incesante, se dedicaban al culto sagrado, como Samuel y el profeta Elías.
Gracias a este estilo de vida alcanzaron la libertad y ahora hacen fiesta en el cielo. Recuerdan con alegría su peregrinación terrenal, capaces ya de distinguir lo que era figura y lo que se ha convertido finalmente en realidad.
Para prepararnos, como corresponde, a la gran solemnidad, ¿qué debemos hacer? ¿A quién debemos seguir como guía? A nadie, ciertamente, queridos míos, sino a aquel a quien vosotros mismos llamáis, como yo, «Nuestro Señor Jesucristo». Él dice precisamente: «Yo soy el camino» (Jn 14, 6). Él es aquel que, según san Juan, «quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Él purifica nuestras almas, como afirma el profeta Jeremías: Deteneos en los caminos y mirad, y estad atentos a cuál es el camino bueno, y en él hallaréis la regeneración de vuestras almas (cf. Jr 6, 16).
Antes era la sangre de los machos cabríos y la ceniza de un becerro lo que aspergía a los inmundos. Pero servía solo para purificar el cuerpo. Ahora, en cambio, por la gracia del Verbo de Dios, cada uno es purificado de manera completa en el espíritu.
Si seguimos a Cristo, podremos sentirnos ya ahora en los atrios de la Jerusalén celestial y anticipar y saborear también la fiesta eterna. Así lo hicieron los apóstoles, constituidos maestros de la gracia para sus contemporáneos y también para nosotros. Ellos no hicieron sino seguir al Salvador: «He aquí que nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19, 27).
Seguimos también nosotros al Señor, es decir, imitémoslo, y así habremos encontrado la manera de celebrar la fiesta no solo exteriormente, sino de la manera más eficaz, es decir, no solo con palabras, sino también con obras.
Él es pastor, sumo sacerdote, camino y puerta, y como tal se hace presente en la celebración de la solemnidad. Viene entre nosotros aquel que era esperado, aquel del cual san Pablo dice: «Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado» (1 Cor 5, 7). Se cumple también lo que dice el salmista: Oh mi alegría, líbrame de los que me rodean (cf. Sal 31, 7). Verdadera alegría y verdadera solemnidad es aquella que libera de los males. Para alcanzar este bien, cada uno actúe santamente y medite en sí mismo en la paz y en el temor de Dios.
Así lo hacían también los santos. Mientras estaban en vida, se sentían en la alegría como en una fiesta continua. Uno de ellos, el beato David, se levantaba de noche no una sola vez, sino siete, y con la oración se hacía propicio a Dios. Otro, el gran Moisés, se alegraba con cánticos, cantaba alabanzas por la victoria obtenida sobre el faraón y sobre aquellos que habían oprimido a los hebreos. Y otros, con alegría incesante, se dedicaban al culto sagrado, como Samuel y el profeta Elías.
Gracias a este estilo de vida alcanzaron la libertad y ahora hacen fiesta en el cielo. Recuerdan con alegría su peregrinación terrenal, capaces ya de distinguir lo que era figura y lo que se ha convertido finalmente en realidad.
Para prepararnos, como corresponde, a la gran solemnidad, ¿qué debemos hacer? ¿A quién debemos seguir como guía? A nadie, ciertamente, queridos míos, sino a aquel a quien vosotros mismos llamáis, como yo, «Nuestro Señor Jesucristo». Él dice precisamente: «Yo soy el camino» (Jn 14, 6). Él es aquel que, según san Juan, «quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Él purifica nuestras almas, como afirma el profeta Jeremías: Deteneos en los caminos y mirad, y estad atentos a cuál es el camino bueno, y en él hallaréis la regeneración de vuestras almas (cf. Jr 6, 16).
Antes era la sangre de los machos cabríos y la ceniza de un becerro lo que aspergía a los inmundos. Pero servía solo para purificar el cuerpo. Ahora, en cambio, por la gracia del Verbo de Dios, cada uno es purificado de manera completa en el espíritu.
Si seguimos a Cristo, podremos sentirnos ya ahora en los atrios de la Jerusalén celestial y anticipar y saborear también la fiesta eterna. Así lo hicieron los apóstoles, constituidos maestros de la gracia para sus contemporáneos y también para nosotros. Ellos no hicieron sino seguir al Salvador: «He aquí que nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19, 27).
Seguimos también nosotros al Señor, es decir, imitémoslo, y así habremos encontrado la manera de celebrar la fiesta no solo exteriormente, sino de la manera más eficaz, es decir, no solo con palabras, sino también con obras.
De las «Cartas pascuales» de san Atanasio, obispo