Nosotros debemos desarrollar continuamente en nosotros y, finalmente, completar los estados y misterios de Jesús. Debemos luego pedirle que Él mismo los lleve a su cumplimiento en nosotros y en toda su Iglesia.
En efecto, los misterios de Jesús no han alcanzado todavía su total perfección y plenitud. Ciertamente son completos y perfectos en cuanto a la persona de Jesús, pero no lo son aún en nosotros, que somos sus miembros, ni tampoco en su Iglesia, que es su cuerpo místico. El Hijo de Dios desea una cierta participación y como una extensión y continuación en nosotros y en toda su Iglesia del misterio de su encarnación, de su nacimiento, de su infancia, de su vida oculta. Lo realiza tomando forma en nosotros, naciendo en nuestras almas por medio de los santos sacramentos del bautismo y de la divina eucaristía. Lo cumple haciéndonos vivir una vida espiritual e interior que esté oculta con Él en Dios.
Él pretende perfeccionar en nosotros los misterios de su pasión, de su muerte y de su resurrección. Los realiza haciéndonos sufrir, morir y resucitar con Él y en Él. Desea comunicarnos la condición gloriosa e inmortal que Él posee en el cielo. Alcanza este fin haciéndonos vivir con Él y en Él una vida gloriosa e inmortal. Esto lo hará cuando lo hayamos alcanzado en el cielo. Del mismo modo, Él se propone realizar en nosotros y en su Iglesia todos sus demás estados y misterios. A ello llega mediante lo que nos comunica y nos hace participar. San Pablo dice que el Cristo crece y llega a su madurez en la Iglesia y que nosotros contribuimos a este proceso de desarrollo. Efectivamente, cooperamos a crear al hombre perfecto y a llevar a la plena madurez al Cristo (cf. Ef 4, 13). En este sentido se comprende bien al Apóstol cuando afirma que completa en su carne lo que falta a las aflicciones de Cristo (cf. Col 1, 24). Y como la perfección de los santos no alcanza su cumbre sino al final del tiempo fijado por Dios, así los misterios de Jesús no alcanzarán el grado último y absoluto de su acción de salvación en los individuos y en la Iglesia sino al fin del mundo. Solo en el día del juicio universal el cuerpo místico llegará a su edad perfecta.