La resurrección de Cristo también es la nuestra
«En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al son de la última trometa; porque sonará la trometa y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados» (1 Cor 15, 52). Cuando dice «nosotros», Pablo muestra que junto con él conquistarán el don de la futura transformación aquellos que, junto con él y sus compañeros, viven en la comunión eclesial y en la vida santa. Explica luego la calidad de dicha transformación diciendo: «Es necesario, en efecto, que este cuerpo corruptible se vista de incorruptibilidad y que este cuerpo mortal se vista de inmortalidad» (1 Cor 15, 53). En ellos, entonces, tendrá lugar la transformación debida como justa recompensa a una regeneración previa, realizada con un acto espontáneo y generoso del fiel. Por eso se promete el premio de la futura resurrección a aquellos que, durante la vida presente, han pasado del mal al bien.
La gracia obra primero, como don divino, el renovamiento de una resurrección espiritual mediante la justificación interior. Vendrá luego la resurrección corporal, que perfeccionará la condición de los justificados. La última transformación estará constituida por la gloria. Pero esta mutación será definitiva y eterna.
Precisamente por esto, los fieles pasan por las sucesivas transformaciones de la justificación, de la resurrección y de la glorificación, para que esta permanezca inmutable por la eternidad.
La primera metamorfosis ocurre aquí abajo mediante la iluminación y la conversión, es decir, con el paso de la muerte a la vida, del pecado a la justicia, de la infidelidad a la fe, de las malas acciones a una conducta santa. Aquellos que resucitan con esta resurrección no sufren la segunda muerte. De estos, en el Apocalipsis, se dice: «Bienaventurados y santos los que toman parte en la primera resurrección. Sobre ellos no tiene poder la segunda muerte» (Ap 20, 6).
En el mismo libro se dice también: «El vencedor no será herido por la segunda muerte» (Ap 2, 11). Por tanto, así como la primera resurrección consiste en la conversión del corazón, la segunda muerte está en el suplicio eterno. Por consiguiente, quien no quiera ser condenado con el castigo eterno de la segunda muerte, se apresure aquí abajo a hacerse partícipe de la primera resurrección. Si alguno, en efecto, durante la vida presente, transformado por el temor de Dios, se convierte de una vida mala a una vida buena, pasa de la muerte a la vida y, en adelante, será también transformado del deshonra a la gloria.
San Fulgencio de Ruspe